Urte berri on!

Urte berri on!

Reconozco que la nochevieja es una frontera inventada, como todas las diseñadas por el ser humano. Acabamos de celebrar la llegada del año 2017 de la era cristiana. Podríamos celebrar el año 48547 del advenimiento del Homo Sapiens, o el 231452 de la era Neanderthal, pero por ese azar que otros llaman Historia, nos ha dado por ahí. A menudo atravesamos el calendario con perplejidad, comprobando un poco decepcionados que a pesar del cambio de dígito, las cosas siguen en el mismo lugar. Saludamos a todo el mundo felicitando el año nuevo, hasta un momento, normalmente a mediados de enero, en el que decidimos que empieza a ser absurdo felicitar nada.

Toda solemnidad humana, con la parafernalia y la pomposidad que nos gusta darle a nuestras cosas, es absurda. También el fin de año. Y a pesar de ello, admito (seguramente porque pertenezco a la especie) que el cambio de número me provoca cierto vértigo, cierto desasosiego. Antaño, incluso, cierta ilusión. Aunque el cruce de la frontera se efectúa en un solo paso, la perspectiva del tiempo se antoja inquietante. Al tomar las uvas, no puedo dejar de preguntarme qué habrá cambiado un año después, a la misma hora.

¿Quién faltará el año próximo?

¿Seguiré yo aquí?

¿Los acontecimientos de 2017 harán buenos los de 2016?

¿Dará la vida un giro radical? ¿Continuará donde está, así, tan rara y tan torcida?

Lo dicho: vértigo.

Pronto se calman los síntomas. Una vez compruebas que enero transcurre con el mismo descompás de diciembre, los mismos miedos y las mismas certezas, el desasosiego desaparece. Dentro de un año, si continuamos aquí, volveremos la mirada y entonces sí, temblaremos de nostalgia o de felicidad. Y es que nunca caminamos en línea recta, aunque seamos incapaces de percibir la desviación.

Entre mis obsesiones, la más dulce, la más trivial y placentera, presente en todos mis desvelos, está la Real. ¿Qué partido de 2017 recordaremos siempre? ¿Llegarán, ese año sí, los títulos? ¿Hasta dónde nos llevará este tren tan ilusionante en el que llevamos montados desde noviembre?

De vez en cuando, como todos ustedes, me escapo de la realidad y fantaseo con alegrías infantiles, con un penalti parado por Rulli en el descuento de una final, dejando huérfano un rechace que salva Íñigo in extremis; una contra frenética, planeada por Zurutuza que controla de espaldas, todavía en el pico de nuestra área; pertrechada definitivamente por Illarra, que conduce el balón esos diez metros imposibles, saltando obstáculos y provocando una micro-parada cardiaca en nosotros, los de la Real; un balón medido al espacio, hacia el que se dirige Oyarzabal, o Vela, o Juanmi, o Yuri… Un deseo imposible rodando por la banda; en mis fantasías balompédicas, siempre culmina la jugada el señor Xabi Prieto. A veces lanzando un penalti en el descuento, a lo Xabi Prieto. Otras rematando de cabeza un balón centrado desde la banda, como el que está a punto de llegar en la jugada que nos ocupa. En esta ocasión, veo un control orientado, dentro del área. Dos defensas al suelo (Ramos y Varane, Piqué y Mascherano, qué sé yo). Un regate inventado, de esos que Xabi regala cuando nos parecía que lo habíamos visto todo. Un pase a la red que nos enloquece y por fin, nos hace campeones.

En ocasiones, pues, veo goles.

Y los veo en todos los momentos y lugares. Caminando por el pinar, en la penumbra del primer sueño, en el coche, camino del trabajo. Siempre siento un cosquilleo idéntico al que sentiría de hacerse realidad. Termino sonriendo, de regreso a esa rutina que me empalaga, me duele y me bloquea.

Si han leído mis artículos anteriores, saben que estoy convencido de que este año va a pasar algo extraordinario con la Real. No en vano, termina en siete, y eso es garantía de campanada. Si me equivoco no pasa nada, encontraré otra estadística fabulosa (o fabulada, más bien) que justifique lo acontecido. Es la ventaja que tenemos los soñadores. Siempre podemos escapar a otra nube, aunque sepamos que todas son de algodón. Hace tiempo que vivo pegado a la tierra, se me ha olvidado cómo levantar de nuevo el vuelo. Pero cuando me escondo en un contrataque conducido por Illarramendi y culminado por Xabi Prieto, vuelvo a ser yo, aunque sea un ratito.

Si el tiempo y las circunstancias acompañan, el próximo día 11 estaré en el Madrigal apoyando a la Real en su partido de vuelta de la Copa. Menuda eliminatoria bonita ¿eh? Con el equipo lanzado, contra un rival complicadísimo y sobre todo, con la afición, con todos nosotros, ilusionados. Si caemos en la batalla, nadie nos habrá impedido, al menos, soñar. Se lo debemos a esta plantilla, a este entrenador y a nosotros mismos.

Eskerrik asko eta Urte berri on.

Aupa Erreala!

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