El río de los perdidos

Con lo que yo me río de Camacho cuando comenta los partidos de la selección española…

Aquella sentencia en la primera parte del último España-Italia de la Eurocopa (“Yo creo que Italia le está plantando mucha cara a España”), todavía me conmueve, por lo tierno.

Pero claro, ahora me he metido a reportero, cronista, o analista… qué sé yo dónde me he metido, y me doy cuenta de lo complicado que es hablar de fútbol. Hacerlo en el bar, cerveza en mano, a grito pelado, es relativamente sencillo. Solamente hay que repetir lo mismo que los futbolistas en la zona mixta: “El otro equipo también juega”, “ahora solo queda seguir trabajando”, “el árbitro siempre se equivoca con los mismos”, etc.

O sentenciar que Fulanito es un chulo, el árbitro un sinvergüenza o Menganito un tuercebotas.

Decir algo interesante, medianamente inteligente, ya es más difícil. Yo lo intenté el domingo, vía Twitter, mientras veía el partido contra el Villareal. El primer tramo de la primera parte fue fantástico. En un momento de euforia, me acordé del Barça de Guardiola (no se escandalicen, solo conceptualmente y en pequeños matices). Tenía medio redactado un tuit que quería decir algo así: “Cuando convences a los buenos de que presionen arriba como locos y ahoguen al rival, no hace falta defender”. Alguna perla parecida a esa estaba yo escribiendo, cuando levanté la cabeza del móvil y vi a Rulli derribando a un tío vestido de amarillo, dentro del área.

No se puede estar repicando y en misa.

Penalti.

Balón fuera.

Bueno, les estábamos dando un baño, no pasa nada.

Hoy ganamos seguro.

Estuve a punto de teclear otro tuit batallador: “¡Goazeeeeeeeen!”. Pero ese equipo que durante un cuarto de hora me había hecho recordar a aquel de Guardiola (cada vez que lo escribo me sonrojo), desapareció del campo durante 11 minutos, nos metieron un gol, luego otro y luego (casi) otros dos más.

Evoqué entonces a la peor Real de Arrasate. Un mal equipo con buenos jugadores, un rombo raro, un desastre detrás de otro. Vaticiné un 4-0 sonrojante, respiré aliviado porque al final me había sido imposible desplazarme a Villareal a ver el partido. Estaba a punto de escribir otro tuit derrotista, buscando la palabra precisa para insultar a Yuri por su escasa precisión en los centros, cuando llegó Yuri y metió un golazo.

Joder, vaya birria de comentarista televisivo hubiera sido yo.

Después, el equipo se rehízo, empezó a jugar de nuevo al fútbol, se quitó los complejos y firmó una segunda parte irreprochable, salvo en el acierto del último pase y la definición. Yuri se marcó un partido soberbio, tiene que mejorar en los centros pero necesitamos jugadores como él, que no se cansen de subir y bajar la banda, que se cabreen cuando les cambian en el minuto 87.

Ay… si quiero prosperar como cronista no puedo ser tan variable.

Aparte de bromas y cambios de humor, el domingo me gustó la Real. Me acosté más contento después de la derrota que tras el empate contra el Español. Creo que para jugar como lo intentamos en el Madrigal, necesitamos un central de garantías, una concentración extrema y la convicción necesaria para presentarse en un campo tan difícil a morderles la yugular, sin complejos. Ayer estuvimos cerca de conseguirlo. Sobraron 11 minutos desastrosos, faltó el nivel de concentración exigido y tal vez, cierta entidad defensiva que a día de hoy Mikel González no puede dar.

Pero el día del Español me fui a la cama mucho más dolido. Entonces, la Real, como hacemos las personas en la vida, solamente dio lo mejor de sí misma cuando se vio derrotada. Al sentir que no hay nada que perder nos atrevemos a morder al rival, a lanzarnos con toda el alma a apagar el fuego, a evitar el desastre. Solo reaccionamos cuando nos damos cuenta de que se ha escapado la oportunidad, de que hemos perdido dos tercios del partido en conservar una existencia vacía.

El planteamiento del domingo pasado fue arriesgado, pero se acerca a lo que puede dar este equipo. Un once valiente y atrevido. Ojalá los futbolistas avalen estas decisiones del entrenador. De ellos depende que nos lancemos a nadar y alcancemos tierra firme, más allá de un triste noveno puesto, sin miedo a perder la ropa. Aunque todavía estamos en la quinta jornada, el partido ante Las Palmas es una prueba definitiva. Jugamos ante un gran equipo, que el año pasado nos bailó en liga y en copa, que juega al fútbol tan bien como cualquiera.

Podemos perder, pero puestos a elegir, espero que salgamos con la insensatez del que se siente derrotado antes que con la prudencia del temeroso.

En el fútbol, como en la vida, uno se encuentra demasiadas veces en medio del lago, con la certeza de que ni ha llegado nadando donde prometía el horizonte, ni queda ya ropa en la orilla para guardar.

Goazen mutilak!

De perdidos, al río.

A por ellos.

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