Los lunes de la Real

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Los lunes de la Real

Según la teoría de la recapitulación, popularizada a finales del siglo XIX por el filósofo alemán Ernst Haeckel, la ontogenia recapitula la filogenia. Es decir: la vida de un solo ser humano reproduce, biológica y psicológicamente, la evolución de las especies. Desde los primeros organismos vivos de la escala filogenética (correspondientes a nuestra fase embrionaria) hasta la supuesta cúspide de la misma: O sea, nosotros, los humanos del siglo XXI. Nuestro curso vital, sería, pues, un resumen aseado y metafórico de toda la evolución. Otra cosa no, pero los homo sapiens, como especie, siempre hemos pecado de cierta soberbia. Antes de seguir con este argumento tan altanero, debo aclarar que dicha teoría es un cuento chino formulado en plena euforia darwinista, que jamás encontró apoyo científico. Pero me sirve para empezar este artículo tan amargo que intuyo en el polvo del teclado.

No sé cómo serán los lunes de un madridista, un culé o un disidente del fútbol. Imagino que los aficionados del Barça empezarán la semana con la misma pereza  que yo. Se levantarán decaídos, el que tenga mucho trabajo porque lo tiene, el que continúe en el paro porque le falta. Pero a media mañana, entre el bocadillo, la cola del INEM o la bronca del jefe, se acordará del golazo de Luis Suárez y se le escapará una sonrisa. El madridista abordará la mañana pensando que Morata va para estrella mundial, sin medias tintas. Un poco llorón y piscinero, pero eso le dará igual, solamente verá que es un futbolista imponente en físico y talento. Cuando el día se empiece a torcer para todos, el que reniegue del fútbol se apoyará en la película que espera ver por la noche, ideará una estrategia para declararse a esa persona tan especial, o se encenderá un cigarrillo a escondidas de sí mismo.

Sin embargo, los lunes de la Real son un eterno comienzo, una constante caída en el pozo de siempre, un puñetero día de la marmota. En nuestra particular teoría de la recapitulación, el lunes de la derrota simboliza de algún modo el final de cada temporada. Conforme avanza la semana (o el verano), uno empieza a olvidar la decepción y vuelve a engañarse vilmente. A la altura del jueves (mediados de agosto), ya está convencido de que el sábado vamos a ganar, juguemos contra Osasuna, Barça o Real Madrid. De igual forma que Haeckel equiparaba el desarrollo fetal con los primeros homínidos en busca del fuego, afrontamos cada pretemporada como un miércoles cualquiera venido arriba, confiando en que, este año sí, el equipo empezará como un tiro, mordiendo al rival, presionando como descosidos, contagiando el entusiasmo a la grada blanquiazul. O a los gilipollas que, como yo, se plantan frente al televisor, a más de 400 km de Anoeta, con la camiseta puesta, hablando solos y tocándose el escudo compulsivamente a ver si hay suerte y el balón entra por accidente.

Luego bajamos de la nube. Empieza el partido y al primer minuto nos han metido un gol. Antes del primer cuarto de hora te das cuenta de que el equipo está todavía a mitad de cocer, que las líneas no avanzan juntas, que la presión es deslavazada y los pases van dirigidos al contrario o a las pistas. Ni siquiera mordemos. Y cuando lo hacemos, es porque Markel llega un cuarto de hora tarde a un balón dividido y se gana una tarjeta amarilla que el árbitro le perdona porque estamos en el minuto cinco. Es verdad que enfrente está el Real Madrid.

Ellos no están en pretemporada.

Es casi imposible ganar al Madrid, ya lo sabemos. Pero si esperamos este partido como agua de mayo es porque a lo largo de nuestra historia, hemos logrado competir con ellos, al menos les hemos disputado tres ligas, de las cuales les arrebatamos una de ellas, en el último segundo. Porque, aún en nuestras temporadas grises, hemos barrido palmo a palmo el césped de Atotxa y Anoeta. Y les hemos ganado, o empatado, o hemos perdido haciéndoles sudar sangre. Por eso el Real Madrid respeta y aprecia a la Real Sociedad. Porque en Donosti siempre ha encontrado un rival que se ha hecho grande ganándole, complicándole la vida. Y eso es lo mínimo que un aficionado de la Real espera del primer partido del año. Las declaraciones que después escuché, del tipo “No hay que dramatizar, era el primer partido, era el Madrid…”, me hunden en la miseria, queridos amigos. En mi primer artículo para El rincón de la Real, aquel que titule “De la Real no es cualquiera”, pedí a los futbolistas y al consejo una sola cosa:

AMBICIÓN.

Después de esta derrota hay que decir: “Estamos jodidos porque no hemos dado la talla, tenemos mucho que mejorar y es urgente. El Madrid no puede ganarnos 0-3 sin despeinarse porque esto es la Real”. Esas palabras en boca de cualquiera de nuestros futbolistas o de Eusebio, me hubieran permitido dormir con algo de consuelo. Que parecía un partido entre Sexto C contra Tercero B con dos repetidores, joder.

No.

El domingo, no estuvimos a la altura de este escudo. Ni ante la pelota ni ante los micrófonos.

0-2 al descanso. Preparo la cena y me resigno a la derrota. Me siento de nuevo sabiendo que no hay nada que hacer. El equipo saca un esbozo de orgullo en la segunda parte, algo parecido a la casta. En la primera jugada, robamos un balón de oro que Markel no llega a rematar, porque Markel nunca ha sido un llegador, ni un rematador. Golpea al aire y pide penalti. Igual le empujan un poco, no sé. Pero ni siquiera tengo alma para protestar desde mi sillón. Me da vergüenza que mis hijos me vean hablar solo, a grititos. Y me deprimo. Desde el primer cuarto de hora sé que no vamos a ganar, ni siquiera a empatar. Vela todavía no está para jugar media hora. Me pregunto por qué va convocado si no está ni para media parte. Y si puede jugar 40 minutos… ¿qué narices hace en el banquillo?

Termino hablando solo, como siempre.

William José promete, pero sigue en pretemporada y tardará en integrarse. David Concha muestra maneras, el pase a Illarra en la primera parte es mágico. Asier todavía no ha comprendido qué hace solo delante de Casilla. Pero no es suficiente. El partido le viene grande, tal vez no más que al resto del equipo. Oyarzábal regresa al centro y explota, por fin, al final del partido. Casi marca un gol antológico. ¿Le hacen penalti? No quiero ver ni la repetición.

Aguirretxe… ay, Aguirretxe ¿volverás algún día?

Me vengo abajo.

Mi verano ha sido un desierto sin cantimplora. Una victoria contra el Madrid en la primera jornada me hubiera sacado una sonrisa, igual hasta una lagrimita, más de desagravio que de alegría.

Nada.

Lunes.

Comienzo.

Ciclo nuevo. Again.

Los lunes de la Real te encuentran siempre en la misma estación y los trenes se han ido todos a la mierda.

Mañana será martes. Repasaré este artículo y le borraré algo de dramatismo. Lo decoraré un poco para que el miércoles se publique en otro tono (imagínense qué tono tenía recién escrito). Espero llegar al jueves confiado en que el fin de semana, Asier mande en el centro del campo como sabe hacerlo. Oyarzábal juegue por dentro y Zuru por fuera, tal como prometía la pretemporada. Que salga Pardo en lugar de Markel.  O Zubeldia. O cualquiera. Incluso Granero, si continúa en el club y no está cojo. Porque Márkel no es un mal futbolista. Puede jugar dignamente algunos partidos, de pivote defensivo acompañado por Illarramendi como lo hizo con Montanier, o junto al que sea, mientras sepa jugar al fútbol. Si está en forma, hará bien las tres o cuatro cosas que sabe hacer. Si le pides más, será el blanco de todas nuestras iras, y no será justo. Verlo correr por el campo como pollo sin cabeza, al borde siempre de la expulsión absurda, provoca dolores de cabeza y pesadillas nocturnas.

Ya es martes por la mañana. Estoy repasando el artículo.

Quiero un centro del campo con futbolistas, que presione arriba coordinadamente y mantenga la pelota, que muerda al rival y provoque aplausos en la grada. Una delantera con chispa.

Una Real con ilusión.

Con la vida ya me apañaré yo, pero necesito una excusa para sonreír el lunes por la mañana.

Dios… no hay manera conmigo.

Martes por la tarde. A punto de enviar el texto.

Ya me estoy viniendo arriba.

Si me descuido, empiezo a divagar con que, este año sí, jugaremos la final de copa.

Pufff…

David Sáez Ruiz

 

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