Las medias de Don Luis

Las semanas sin competición de liga son extrañas. Aunque hubo partidos de la Selección, con minutos incluso para nuestro Íñigo Martínez, uno afronta desnortado el fin de semana, sin esa chispa de ilusión que siempre esconde la perspectiva del partido de la Real. Me daba pereza escribir este artículo. Después de dedicar el anterior al gran Xabi Prieto, cualquier tema que abordara, incluso en semana de derbi vasco, me parecía pobre. Pero el partido de la Selección en Albania, con esperpento incluido alrededor (esta vez) de las mangas de Gerard Piqué, me ha devuelto la inspiración. No me gusta pisar tierra pantanosa, y en este país hablar de nacionalismos, banderas, sentimientos y patrias siempre implica perderse en un jardín interminable, del que uno sabe que no va a salir fácilmente. Antes de continuar, me permito compartir con vosotros un pseudo poema, más bien una pincelada que escribí hace tiempo en mi blog y titulé “Todo por la patria”. En él se adivinará fácilmente mi concepto de la palabra en cuestión.

La patria que yo amo es un beso esperado.

El abrazo de un niño,

un sueño robado.

Mi patria es la gente que vive mi vida,

que inventa mis cuentos

que ríe mi risa.

Su bandera es verde, añil y ambarina.

granate de ocaso,
anaranjada y lila.

El himno de mi tierra

es un tema de Sabina,

Una canción mezclada con humo de cantina.

Un gol de mi Real,

una cerveza fría.

La patria que yo amo es un beso olvidado,

la mirada de un niño,

un sueño velado.

Mi patria es un libro,

un cómic arrugado,

una palabra esquiva,

un día azulado.

Mi patria es la vida,
desnuda y plebeya.

Puestos a morir

moriré con ella.

No me voy a extender escribiendo sobre la persecución que parte de la prensa (leída y aplaudida por una considerable parte de los españoles) ejerce hace tiempo sobre Gerard Piqué. Ni voy a perder un segundo en defender al futbolista, seguro que soy incapaz de hacerlo más y mejor que él mismo lo hace en el campo. Si a estas alturas todavía estamos dudando de un profesional como él, más o menos gamberro, más o menos impertinente o políticamente incorrecto, poco importa lo que añada yo aquí. Solo voy a resumir mi opinión al respecto, de la manera más sucinta posible:

Me importa un comino si Piqué se siente muy español, poco español, algo español o nada español. Supongo que tendrá días, con tanto gilipollas que hay en España habrá momentos para todo. Si el prefiere o no que su DNI, en el apartado nacionalidad, indique “catalán”, es asunto suyo. Yo tengo días en los que me gustaría desaparecer, volatilizarme y despertar en la luna, esas noches en las que parece un gajo de mandarina. Otras mañanas fantaseo con que, al fin, acertaré la quiniela y podré cumplir este o aquel desvarío. Mis esperanzas, mis preferencias y mis desvelos son míos, de nadie más. Me emociono cuando la selección española gana un título, es un sentimiento para el que no tengo que pedir permiso a nadie, ni justificar. Reconozco también que, en un imposible encuentro entre España y la Real, mi corazón se inclinaría irremediablemente por la Real.

Si tuviera un vecino del quinto, seguramente me acusaría de superficial por lo primero y de antiespañol por lo segundo. Lo llevaría bien. Estoy acostumbrado a aguantar estupideces. En esta vida, en la misma ciudad, me han tirado huevos desde un balcón por llevar la camiseta de la Real. Me han llamado vasco de mierda, me ha cacheado la policía y un antidisturbios ha custodiado mis exabruptos durante 90 minutos, porra en mano. También he escuchado gritar a algún compañero de grada “español el que no vote”.

Si alguien insulta a los vascos, me insulta a mí, aunque soy de Albarracín. Y si insulta a los españoles también, precisamente porque soy de Albarracín. Y si insulta a los australianos, por su condición de australianos, me insulta a mí. Por mi condición de persona. Pero en la grada, todo, absolutamente todo, me resbala. No quiere decir que no me duela. Como todos esos imbéciles que te ven con la camiseta blanquiazul y te gritan que “Aitor Zabaleta era de la ETA”. Te quedas mirándoles con lástima, no se puede  ser más miserable y  más rastrero. Entras al campo y animas a la Real, que es a lo que habías ido allí. Pero es inevitable acostarte algo dolorido, pensando que en este mundo hay todavía demasiados idiotas.

Supongo que a mi vecino españolísimo también le molestará que en nuestra selección jueguen futbolistas brasileños.

Diego Costa, o Marcos Senna… ¿Se conmoverán cuando escuchan el himno español?

¿Se lo vamos a exigir?

Seamos serios. Si somos lo suficiente maduros para aceptar que estos chicos lo están dando todo por nuestra selección, y les aplaudimos a rabiar, ¿qué nos importan los sentimientos de Piqué? Además ¿Alguien ha escuchado a Piqué, alguna vez, una sola palabra contra España o contra la selección? Por no hablar de esos equipos cuyas aficiones inundan las gradas de banderas españolas, algunas anticonstitucionales, con onces iniciales plagados de croatas, portugueses, alemanes o eslovenos.

Ya está. No quiero alargarme más, lo harán otros durante toda la semana.

Vuelvo a la Real. Sus aficionados, de dentro y fuera de Gipuzkoa y Euskadi, sabemos bastante de todo esto. Antes, una recomendación:

Para terminar de leer este artículo, es aconsejable ver el espacio que Informe Robinson dedicó en su día a don Luis Arconada. Él fue el héroe, no solo de muchos niños guipuzcoanos de los años ochenta, también de muchos niños madrileños, catalanes o como yo, aragoneses. Porque gracias a él, algunos nos hicimos de la Real irreversiblemente y porque era el portero de la Selección. Hace un ratito, para ponerme en situación, he visto de nuevo aquel programa en el que Robinson y don Luis veían juntos los resúmenes de la Eurocopa del 84, la del maldito gol de Platini. Os prometo que todavía siento rabia al ver la repetición de aquella falta (que no fue falta, por cierto). Pero las imágenes del partido de fase previa contra Alemania y, sobre todo, la semifinal contra Dinamarca, me han hecho llorar de nostalgia. Es difícil imaginar un portero, un futbolista, más decisivo que Luis Arconada en aquella Eurocopa. Pierdan, por favor cinco minutos de su vida y vean el vídeo que aquí les recomiendo. La doble parada que hace en el último minuto de aquella prórroga todavía parece imposible.

Después, en la final, todos sabemos lo que sucedió.

Mucha gente, en este país, tenía ganas de linchar a Luis Arconada. Y algunos todavía lo recuerdan como el culpable de aquella derrota. Están en su derecho, algo más arriba he dicho que cada uno es dueño de sus sentimientos. Pero yo prefiero recordarlo como el artífice de aquel milagro. Que España jugara la final de la Eurocopa, después de ver los partidos contra Alemania y Dinamarca fue, efectivamente, un milagro. ¿No me creen? Vean el vídeo, háganme caso.

Además de aquel balón que se coló por debajo de su estómago y nos rompió el corazón a muchos, don Luis arrastró siempre la polémica de sus medias blancas. Las mismas que prefería utilizar jugando con la Real. No tenían la bandera de España, es verdad. Pero él jamás renunció a defender los colores de la Selección, se sintiera muy español, poco español, algo español o nada español.

Jamás.

Hubo ignorantes que acusaron a Arkonada, incluso de dejarse meter goles con la selección. Periodistas de los de verdad, que saben mucho más que yo, nos han explicado muchas veces que Arkonada no fue desahuciado por sus medias sin bandera, sino por defender los derechos de sus compañeros ante el poder, como capitán que era.

Punto. El que quiera saber más del asunto, tendrá más y mejore fuentes que yo para ilustrarse.

Los niños que lo tuvimos como ídolo en los ochenta, lloramos de emoción en 2008, cuando Andrés Palop apareció a recoger la Eurocopa con la camiseta verde de don Luis. La cara de nuestro Arconada, que estaba en el palco, lo dijo todo. Fue un homenaje justo y necesario. Les invito, también, a ver el vídeo que tiene como protagonista a Andrés Palop, titulado La Eurocopa que gané para Arconada

Poco más. Una moraleja, eso sí:

En esta vida, somos responsables de lo que hacemos, pero no de lo que sentimos.

Si hemos de juzgar al prójimo o a nosotros mismos, lo hemos de hacer por nuestros actos.

La emoción, el sentimiento, guste o no, es inevitable.

Dejen en paz a Piqué mientras cumpla en el campo.

Y lávense la boca para hablar de don Luis Arconada, con medias blancas, azules o amarillas.

 

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