La vida en diferido

El fútbol se parece a la vida, lo he escrito muchas veces. La principal diferencia es que no puedes poner tu vida a grabar y verla después, tranquilamente, al llegar a casa. Es lo que me sucede cada jueves (de momento con el fútbol). Termino mis clases a las 21 h, y hasta las 21,45 no regreso, por lo que veo los partidos de la Europa League en una especie de burbuja, sin mirar el móvil, sin escuchar la radio ni atender llamadas del fijo. La sensación, alrededor de las 23,30 h, puede ser dulce o amarga, pero siempre absurda. Si ganas en el último suspiro, como el jueves pasado en Noruega, te vas a la cama contento y un poco cohibido. Al fin y al cabo, has gritado “gol” en un vacío temporal, fuera del tiesto y de contexto. Como si en el final de Pretty Woman te levantaras, los brazos en algo y las mejillas bañadas en lagrimones, exclamaras que amas a la chica y besaras un poquito, conceptualmente, a Julia Roberts.

El que no sufre a la Real, no sabe que el partido en diferido es una mentira piadosa. Cuántas veces escuché el consejo baldío y bienintencionado del profano:

  • Pues te lo grabas y lo ves después.

  • No es lo mismo.

  • Si no te enteras del resultado, es lo mismo.

  • No es lo mismo.

Fin de la conversación, sin que tú te hayas sabido explicar ni el otro se haya enterado de nada. Pero es que no es lo mismo. El mismo día de mi boda, la Real de Clemente recibía al Barça, con un tal Mattias Asper en la portería. Y al regresar del banquete, empezaron a caer goles en la radio, uno detrás de otro, hasta seis. Guardo una ligera huella de mi memoria en la que, al llegar a casa, Idiákez estuvo a punto de marcar el gol del honor mientras la novia y yo abríamos los regalos del grupo de amigos que se congregó en mi comedor. Afortunadamente, la radio del coche me ahorró aquel partido en diferido, no quiero imaginar un 0-6 sufrido así, a lo Bárcenas, en la noche de bodas.

Cuando un rival se lesiona o se forma una tangana interminable, el mando a distancia se convierte en un dios en miniatura, capaz de adelantar el tiempo para templar mis latidos. A veces, en uno de esos partidos angustiosos, en los que pierdes 0-1 y planificas hasta qué minuto vas a mantener la esperanza de remontar y a partir de cuál te conformarás con el empate, la tentación aprieta. Deseas mirar de reojo al futuro para salir de la taquicardia, pero te reprimes. Esa vida de juguete, esa emoción infantil, totalmente gratuita y banal, es, al fin y al cabo, tu auténtica realidad de la semana. Tu ilusión más elemental, tu fe ciega en que los Reyes Magos, el Olentzero y Papa Noel juntos, existen solo para que la Real marque ese gol que te hará feliz por un instante.

El fútbol, en directo, roza lo grotesco. Abogados, albañiles, presidentes del gobierno, amos de casa, rectores de universidad, camareros, notarios y terratenientes, deslizan su equilibrio mental durante un par de horas por los pliegues de una pelota. Mis hijos, que me han salido indiferentes ante el fútbol y la Real, me preguntan tres o cuatro veces en cada partido:

  • ¿Qué pasa?

  • Nada, hijo, que está jugando la Real.

Pero si el fútbol en directo es ligeramente absurdo, en diferido recuerda al pueblo de “Amanece que no es poco”, en el que determinados vecinos “unos días huelen bien y otros van en bici”. En el partido guardado, la emoción nace ya caducada, ridícula y atemporal, uno no sabe si poner los amuletos habituales en la mesa a la hora en la que se juega el partido o después, mientras lo ve. Probablemente, solo probablemente, un escudito metálico de la Real colocado en la mesita del comedor pueda tener algún efecto sobre el bote del balón a cuatrocientos kilómetros de tu sillón, más o menos en ese instante. Pero si lo tienes grabado y la secuencia real acaeció dos horas antes, con 0-1 en el minuto 85 sacas tu amuleto, modulas tu respiración y piensas: o tu magia es más retorcida poderosa que la de Voldemort, o eres irremediablemente gilipollas. Y no te atreves a responderte, porque sabes que tú elegirías la magia y el resto del mundo la otra alternativa.

Maldita Europa League.

Ojalá, aunque fuera solo para probar, pudiera poner mi vida a grabar y verla después, tranquilamente. Uy, aquí cogí la gripe, voy a adelantar esta semana que no me apetece la fiebre.

¿Me quiere? ¿No me quiere? Al diablo con la margarita y sus pétalos, lo adelanto un poco y ya está: “Anda, me está besando, qué bonito”, o “Dios, qué cara de imbécil se me ha quedado”.

Bufff, David, si sigues bebiendo así al final te vas a caer… Míralo, ya se ha caído, voy a ver el trompazo repetido, que soy muy gracioso.

A ver cómo evolucionó este negocio que emprendí, en qué quedó este matrimonio imaginado, esta amistad fermentada, este esguince de tobillo, este dolor de cabeza… si tuviéramos un mando para ver la vida en diferido, terminaríamos viviendo la cuarta parte de lo soñado, porque los momentos que la convierten en una apuesta afortunada escasean y tardan angustiosamente en llegar.

A veces, te encuentras con un penalti injusto, en contra, en el último instante de un descuento con el que no contabas. Y el dolor es tan intenso que, si pudieras, borrarías el archivo de toda tu vida, solo para no soportarlo.

En diferido, la vida no sería lo mismo ¿verdad?

Pues a ver si os enteráis:

El fútbol tampoco.

El año que viene, por favor, a la Champions.

Aupa Real Sociedad!!

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