La hora de los valientes

La hora de los valientes

Ni una letra. Ni tan solo una letra de lo que redacté el lunes por la tarde, antes del partido de Riazor, ha sobrevivido al desastre. Por adelantar, como siempre, me lo tomé con tiempo. Además, se me ocurrió asumir que íbamos a ganar en A Coruña y escribí un artículo venido arriba, con el punto de partida de que los logros que alcance La Real este año deben apoyarse en el rendimiento de toda la plantilla, más allá de un once titular que todos conocemos. El título, que sí he conservado, era un juego de palabras entre valientes y suplentes, muy poco logrado, la verdad.

Pero claro.

“Una lechera llevaba en la cabeza un cubo de leche recién ordeñada y caminaba hacia su casa soñando despierta. “Como esta leche es muy buena”, se decía, “dará mucha nata. Batiré muy bien la nata hasta que se convierta en una mantequilla blanca y sabrosa, que me pagarán muy bien en el mercado. Con el dinero, me compraré un canasto de huevos y, en cuatro días, tendré la granja llena de pollitos, que se pasarán el verano piando en el corral. Cuando empiecen a crecer, los venderé a buen precio, y con el dinero que saque me compraré un vestido nuevo de color verde, con tiras bordadas y un gran lazo en la cintura. Cuando lo vean, todas las chicas del pueblo se morirán de envidia. Me lo pondré el día de la fiesta mayor, y seguro que el hijo del molinero querrá bailar conmigo al verme tan guapa. Pero no voy a decirle que sí de buenas a primeras. Esperaré a que me lo pida varias veces y, al principio, le diré que no con la cabeza. Eso es, le diré que no: “¡así! ” La lechera comenzó a menear la cabeza para decir que no, y entonces el cubo de leche cayó al suelo, y la tierra se tiñó de blanco. Así que la lechera se quedó sin nada: sin vestido, sin pollitos, sin huevos, sin mantequilla, sin nata y, sobre todo, sin leche: sin la blanca leche que le había incitado a soñar.”

Sabrán disculparme el corta y pega tan descarado de este cuento tan popular. Comprendan que he tenido que tirar a la papelera todo mi artículo, imaginen el tono de euforia que lo teñía por completo. Entre frase autocomplaciente y frase complaciente, mencioné a David Zurutuza. Aventuraba que esa noche, aunque íbamos a ganar seguro, debíamos hacerlo jugando a otra cosa. Apostaba por un centro del campo con Míkel Oyarzabal y Xabi Prieto escoltando a Illarra, con Juanmi arriba. Un jugador que, decía, me encantaba porque es puro desmarque y olfato de gol. Cuando leí la alineación, allá por las ocho menos cuarto del lunes, no me disgustó del todo. Pensaba que Sergio Canales podía suplir correctamente al, por otro lado, insustituible pelirrojo. Sobre todo si andaba listo en las coberturas y estaba bien apoyado por el trabajo de Míkel y Xabi, juntitos y disciplinados todos ellos. Quiero recordar que también me dio un pelín de miedo, porque Sergio es un jugador más capacitado para el vértigo y la media punta que para el temple y el medio centro. Pero a lo mejor es una trampa de la memoria, que siempre intenta dejarnos en buen lugar al revisar un pasado fallido.

Al tercer minuto de juego comprendí que me había encantado en mi propia fábula, tan absorto en mis desvaríos como la pobre lechera. El hijo del molinero no sacó a bailar a nadie. Es más: se reencarnó en una fiera desbocada llamada Florin Andone. El Depor se rebeló contra sus penurias y nos robó un balón tras otro con las peores intenciones. Solamente tenían que mandar un pelotazo bien tirado al infinito. El rumano se encargó en tres jugadas de que el otrora infalible Raúl Navas pareciera un defensa lesionado, lento e impreciso. Nuestro Íñigo se vio superado en varias ocasiones hasta que se desquició. Willian José no acertó a despejar un córner y le regaló el balón al jugador contrario, que marcó gol. Después, en una jugada parecida a todas las demás, tras un centro para el que no había rematador y sí tres defensas nuestros, Íñigo se marcó un gol rarísimo en propia meta.

La Real lo volvió a intentar. Una y otra vez. El equipo no pecó de pereza, ni siquiera de suficiencia después de tanto halago. Sencillamente, su línea adelantada, su intento de madurar la jugada hasta rendir al rival agotado, fue totalmente anulado por un Depor más listo, más acertado y posiblemente, con más hambre. Su tercer gol, al filo del descanso, pareció sacado de un capítulo de Oliver y Benji, pero a cámara súper rápida.

Nada salió bien.

Cuando Yuri marcó su golazo, creí durante unos minutos en el milagro. Pero el esperpento continuó. El penalti extrañísimo, la parada baldía de Rulli… todo salió fatal. La jugada de WilliamnJosé, ya con el 5-1 en contra, simboliza el partido de Riazor. El balón pegó en un poste, se paseó por la línea y encontró el otro poste. Hay días en que todo te sale mal. Y cuando aciertas tampoco sirve de nada.

En fin.

No podemos caer en el tremendismo. Posiblemente, lo del lunes fue un terrible accidente, y no debe volver a repetirse. Este verano, antes de que empezara a rodar el balón, aventuré en mi artículo “El factor Z” que sería la temporada de David Zurutuza. Lo destaqué como factor  clave en este equipo, como lo sería en cualquier otro. Tampoco hace falta ser muy listo, solamente era necesario haber seguido a la Real en los últimos años. Lo sigo afirmando, esta vez con más argumentos a favor: el destino de esta Real depende del número de partidos que David afronte en plena forma.

Lo cual no puede significar que cada vez que se constipe nos tengan que caer cinco goles.

Tomemos nota de los errores.

Este sistema es tremendamente arriesgado, no admite dudas ni pérdidas de balón, habrá días en los que los planes salgan mal. A estas horas, el entrenador también se habrá dado cuenta de que tal vez era más adecuado colocar de inicio a Granero en el lugar de Zuru.

Quién sabe.

Igual nos hubieran pasado por encima de todos modos. Hace una semana me quejaba de lo fácil que es olvidar al rival cuando pierden el Barça o el Madrid. Parece que ellos siempre pierdan porque han estado flojos, ignorando muchas veces los méritos del contrario. No voy a cometer el mismo error. El Deportivo de la Coruña jugó un gran partido, como por cierto había jugado también contra el Sevilla, aunque perdiera en el último suspiro. Se felicita al contrario y a otra cosa. Que tengan suerte también en el Bernabéu.

Toca agacharse, rascar las rodillas en el suelo, recoger los pedazos de la vasija rota, regresar a por más leche y volver a soñar. Hay que levantar la cabeza y seguir confiando en este equipo. El sábado jugamos otra final contra el Valencia, seguro que será mucho más difícil de lo que parece.

Es la hora de mirar hacia delante.

La hora de los valientes.

¡Aupa Erreala!

David Sáez Ruiz

También te podría gustar...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies
A %d blogueros les gusta esto: