La carpeta de los ingleses

Goian bego, Dalian

Cuando la Real fichó a Dalian Atkinson, yo acababa de cumplir 17 años. Andaba todavía buscando una identidad, me habían roto el corazón un par de veces y abordaba mi último curso en La Salle de Teruel. Solía andar por el patio del internado con un gorro blanquiazul que me había traído mi amigo Felix Mariezkurrena Mindegía. A mí me fascinaba porque su nombre era un trabalenguas, venía de Mutriku y era primo segundo de José Mari Bakero. Se formaba para ser sacerdote en los Padres Paúles y se hacía las chuletas en euskera. No sé qué habrá sido de él. Y no podría decir cuál de todas esas cosas me fascinaba más.

Yo todavía no tenía claro si quería ser psicólogo, sociólogo o trapecista, miraba al futuro con el vértigo que provoca la nostalgia por un final inminente, un presente que ya se antojaba caduco. Me agarraba a media docena de certezas para no marearme. Sobre todo a mi carpeta negra, forrada con las fotos de John Aldridge, Kevin Richardson y Dalian Atkinson. En ese mar de dudas que baña la adolescencia, la Real era uno de los pocos lazos permanentes con mi infancia, una luz que me reconfortaba entre tanta pregunta sin responder.

Todavía no sabía quién era yo, ni quién podía llegar a ser, pero mi carpeta me recordaba cada mañana que algunas esencias de la vida permanecen para siempre.

El Txipirón llegó a la Real como una bomba de ilusión. Hasta la “OPA hostil” que el Barça lanzó contra la Real el año que se llevó a Bakero, Beguiristain y Rekarte de un plumazo, unos días antes de jugar la final de Copa contra nosotros, la Real había sido un equipo que, sencillamente, no fichaba.

La ruptura con la tradición de utilizar solamente jugadores vascos se vivió como un terremoto inevitable, un destino que no podíamos eludir. Primero llegó Aldo, y nos conquistó el corazón con su sonrisa tímida y sus goles pausados, sobrios, ingleses hasta en la pose. Pero lo de Dalian fue diferente. Un jugador que corría como Ben Jonson, atlético, brillante y joven. Y negro, el primero que jugó en la Real. Hoy parece ridículo resaltar ese detalle, pero al chaval de 17 años que fui le cautivaba todo de Atkinson, hasta el color de su piel.

Era un diamante en bruto.

Uno de esos futbolistas que habrían podido marcar una época por sus condiciones, físicas y técnicas. Fíjense hasta qué punto tengo razón, que solamente estuvo un año con nosotros y no lo hemos podido olvidar. Marcó 12 goles, no es mala cifra para un equipo que terminó décimo tercero en la clasificación. Los aficionamos no sabíamos que nos esperaban años difíciles.

La Real de los ingleses fue barrida al año siguiente por John Toshack, substituida por la Real de los portugueses, por cierto, mucho más fructífera que la primera. Con el galés en el banquillo, Océano y Carlos Xavier a los mandos y un bosnio larguirucho llamado Meho Kodro en punta, terminamos en quinto lugar y regresamos a Europa.

Pero para un chaval cautivado por los Sex Pistols, The Clash y el fútbol británico, aquella tripleta de ingleses correteando sobre el césped de Atotxa era una estampa impagable. Un símbolo de mi personalidad tambaleante pegado con torpes recortes de la revista Don balón a una carpeta negra.

El 17 de mayo de 1991, celebramos en el colegio La Salle la cena final de COU. Era aquel un ritual mágico, destinado solamente a los que nos despedíamos para siempre del instituto, la infancia y el primer hogar, todo en un solo adiós. Había sido tan frustrante la temporada y era tal la importancia del evento, que olvidé completamente el partido del día siguiente. Recuerdo que el sábado por la tarde, agotado, resacoso y lastimado por algún revés sentimental de última oportunidad, compré el diario As en la estación de autobuses y descubrí que esa misma noche, a las 20 h, jugaba la Real en la tele, contra el Barça campeón.

Todavía guardo el artículo, como tantos que coleccioné durante aquellos años. La Real aún podía caer en la temida promoción, no era un partido amistoso para nosotros. Hicimos el pasillo al Barcelona, que quería celebrar por todo lo alto el título ante su público. Y después ganamos, nada menos que por 1-3, con dos goles de John Aldridge y uno de Dalian Atkinson.

Según el narrador del resumen que todavía anda por Youtube “soberbio fue el partido de Dalian Atkinson”.

Aquel mismo año también habíamos ganado en el Bernabeu, por 2-3, ya con Xabier Expósito en el banquillo. La participación en Europa fue discreta, con una eliminatoria interesante contra el Lausana y la eliminación en los penaltis ante el Partizan

No fue una temporada memorable, pero jamás la podremos olvidar.

John Aldridge marcó 17 goles y estuvo a punto de ganar el trofeo Pichichi, a solo dos de Emilio Butragueño. Quedamos décimo terceros, pero ganamos al Madrid y al Barcelona a domicilio, con un futbolista portentoso, que pudo marcar una época y sin embargo acabó regresando a Inglaterra esa misma temporada, para nunca volver.

Hace solo un par de días, la noche del domingo al lunes, en un terrible suceso todavía sin aclarar, murió a causa de los disparos que le infligió la policía con una pistola láser.

Aquel ídolo de mis diecisiete años no parecía pasar por su mejor momento. La realidad, rotunda e inapelable, nos recordó una vez más, de un sopapo inesperado, que los futbolistas también son personas. Con su muerte, desaparece para siempre un pedacito de lo que fui.

Espero que la investigación esclarezca lo sucedido y que se haga justicia.

Porque era uno de los nuestros.

Imagen: @RealSociedad

Imagen: @RealSociedad

El Txipirón, eternamente pegado a una carpeta negra.

Goian bego, Dalian.

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