El frío de la infancia

“En el principio fue el frío. El que ha tenido frío de pequeño, tendrá frío el resto de su vida, porque el frío de la infancia no se va nunca.”

Cito aquí al maestro Millás que, en su novela “El mundo”, resalta un puñado de pequeñas verdades, no por más pequeñas menos verdad. No por más sencillas menos trascendentes.

El sábado volvieron a preguntarme por qué era de la Real.

¿Por qué no?, respondí yo. Y ahí se terminó la conversación.

Estaba en el cumpleaños de una amiga, multitudinario y divertido como deben ser los cumpleaños. Los que me conocen, sabían de antemano que un poco antes de las 16,15 iba a desaparecer. Por muchas cervezas de más que albergara mi sangre (que las albergaba); por grata que fuera la compañía (que lo era); por mucho que con los años se trivialice lo sagrado y se evapore el entusiasmo (que se trivializa y se evapora respectivamente).

Me escapé casi sin decir adiós. En esas ocasiones, es mejor no dar explicaciones. Tienes que escuchar media docena de consejos hirientes, dar cuatro excusas mal pensadas y sobre todo, lo peor de todo: pierdes cinco minutos, de esos noventa semanales en los que te sientes más vivo.

A diferencia de Juan José Millás, recuerdo el frío que pasé en la infancia, casi con nostalgia. Como él, yo también dejaba el vaso en la ventana y descubría, cada mañana, el milagro de la congelación. A veces el agua rozaba la congelación aún con el vaso encima de la mesita de noche. Y es que si el Madrid de los años cincuenta era frío, mi Albarracín de los 70, modestia aparte, lo era más. Sin embargo, mi frío no sembró, como el suyo, un temblor vitalicio. El mío lo guardo con el celo y el cariño con que guardo toda mi niñez. Y en ese frasco, lo habrán adivinado, también está la Real.

El fútbol, tan contaminado por el dinero, el capitalismo y la parafernalia, no deja de ser, en el fondo, un juego. Un juego para el que lo practica y sobre todo, para aquellos que lo sufrimos. Un compendio de emociones, inquietudes y esperanzas condensadas caprichosamente en noventa minutos vividos por otras vidas, normalmente a kilómetros de distancia.

Una vida de juguete.

El sábado, mientras bajaba apresuradamente a mi casa, sentí algo parecido a la ilusión. Una ilusión fútil, más ubicada en la premura de mis piernas por alcanzar el portal que en mi conciencia. La ilusión de andar por casa que esconden los minutos previos al partido de la Real. La que recuerdo intacta, sin aditivos, inmune al cansancio y al tiempo, desde que era niño.

Nada más llegar, a pesar de todo cuatro minutos tarde, busqué la grabación del partido para sufrir en un ligero diferido desde el primer segundo; con un desfase mínimo y a pesar de todo infinito con la realidad. Cuando en mi casa se ponía el balón en juego en Donosti ya habían sonado los dos petardos del primer gol. Mientras Anoeta estallaba de alegría, yo disfrutaba todavía de ese cosquilleo previo, esa expectativa difusa que recorre las venas antes del pitido inicial.

Sin darme tiempo a acomodarme, William José había marcado el primero. Lo vi dos veces en falso directo. Puestos a vivir a contrapié me recreé en el poder que el mando a distancia nos regala a veces.

Con el segundo gol sentí alivio. Sin bordar el juego como otros partidos, vi el partido terminado. Me dio pena el Valencia, incluso. Viví ocho años muy cerquita de Mestalla y al fin y al cabo, el roce también hace el cariño.

Sentí también tranquilidad.

Tanta que incluso, igual que el equipo, me desconecté del juego un ratito.

¿Felicidad? No diría tanto. Me parecía un triunfo demasiado fácil, ya saben que el ser humano no se siente del todo feliz con los logros consumados. Me puse a pensar en el partido contra el Granada, que tendré que grabar y ver en diferido a las ocho y media. De repente, mientras planeaba la secuencia de mis maniobras del sábado siguiente, Íñigo hizo penalti y desperté de mi letargo.

Enfado. Ya verás. Demasiadas veces, en la vida y en el fútbol, cuando todo parece un remanso de paz, de repente estalla la tormenta, se hace de noche o el cielo cae sobre nuestras cabezas.

Gol

Rabia.

¿Miedo? No, todavía no, temor tal vez, si me aceptan la diferencia de grado entre ambos términos.

El segundo tiempo lo viví intensamente. Lo saboreé empapado de orgullo y satisfacción, como el rey jubilado. Da gusto ver a mi equipo más ocupado en nadar y alcanzar la costa lejana que en guardar la ropa. En lugar de acumular futbolistas en el área y preocuparnos de cuidar la ventaja, defendimos atacando, jugando al fútbol, trenzando jugadas con paciencia y calidad. Sentí cierta envidia de la Real, mi indiscutible avatar en este mundo de mentiras que es el fútbol.

Así la quiero ver siempre.

Así me hubiera gustado vivir a mí.

Penalti a favor de la Real.

Qué jugada, qué crack, Carlos Vela.

Euforia.

Alves le provoca, le vacila.

Miedo. Lo va a fallar.

Lo falla. Mierda. Cabreo. Empiezo a redactar un tuit pidiendo que Xabi Prieto vuelva a lanzar los penaltis. Pero los nervios y el partido no me dejan pensar. Hablo por Whatsapp con mi amigo José Manuel.

•Estoy más nervioso que el C…
•Yo también. El caso es que estamos bien, pero…
•Hay que marcar ya.
•Son los minutos de Vela.

Miedo. Aunque el equipo sigue mostrándose valiente. Confianza. Orgullo. Nervios.

La jugada del tercer gol aúna todas las vivencias de un partido, de una vida. Yuri recupera un balón y levanta a Anoeta. Después… véanlo

•Yuri tiene unos h… como c…
•Siiiiiiii
•Qué grandes somos, joder.
•Aupa Yuri. Y Carlitos.
3-1

Hemos ganado. O no.

Gol del Valencia.

Joder. Miedo otra vez, pero menos. No se puede escapar.

Final.

Alivio, alegría, efímero bienestar.

•Cuídate, fiera, un abrazo.
•Igualmente. ¡Un abrazo!
Ya, luego, la vida. Y el frío del adulto.

¡Aupa Erreala!

David Sáez Ruiz

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