Etxeberría, Oyarzabal y aquel autobús

Imagen: La Liga

En 1995 no había teléfonos móviles.

Miento: según Wikipedia ya existían, pero seguramente eran  del tamaño de una docena de huevos y estaban al alcance de muy pocos. Yo, desde luego, no tenía. La noche del 9 al 10 de julio de aquel año, la mal dormí en un autobús que cubría el trayecto entre Amsterdam y Valencia, de regreso de mis vacaciones en casa de mi hermana, junto a un amigo. Ultimaba el penúltimo curso de Psicología y recuerdo que, al llegar a Valencia, hice una llamada a una compañera desde una cabina para enterarme de que había aprobado, por fin, Psicofisiología.

Solo unas horas antes de que nuestro autobús llegara a la frontera de Girona, otro autobús idéntico que cubría el mismo trayecto sufrió en Francia un accidente en el que murieron 26 personas, entre ellos varios estudiantes, precisamente de Psicología. Demasiadas coincidencias para que nuestros familiares y allegados no vivieran cierta angustia hasta que pudimos hablar con ellos. No estábamos entre los accidentados por un capricho del azar que ahora no viene al caso, cuestión de horarios, detalles improvisados a última hora, qué sé yo.

Sin datos móviles, sin Twitter, Whatsapp ni SMS, los pasajeros de nuestro afortunado autobús vivimos un viaje plácido, ignorantes de los avatares del mundo. Supongo que regresaba de Amsterdam con ganas de ver a mi gente, repartir regalos y correr ilusionado a revelar los carretes, pero la noticia del accidente, que conocimos al llegar a Barcelona, nos dejó algo fríos. Fue un viaje largo, más de 30 horas de carretera. La policía francesa ya nos había cacheado en la autopista en busca de drogas, y la secreta española también nos rebuscó un poco entre las maletas en la estación del Nord. Supongo que con 22 años, regresando de Amsterdam, tenía cara de malo.

La vida en los noventa invitaba a la ignorancia, o al olvido. Podías estar varios días al margen de noticias, amigos de Facebook y grupos de Whatsapp. Aquellas vacaciones las viví entre el Coffee Shop y el grifo de cerveza, cautivado por la belleza de aquella ciudad que entonces adoraba, apartado de periódicos y noticiarios españoles. Aunque podíamos ver TVE Internacional en casa de mi hermana, me enteré del fichaje de Etxeberría por el Athletic de sopetón, al hojear un Marca arrugado en una cafetería de la frontera. Todavía no sabía que nosotros seguíamos vivos por un golpe de fortuna al comprar los pasajes, y en aquel momento me pareció la peor noticia del mundo.

Tengo delante un artículo del domingo, 9 de julio, en el que Jon Trueba cuenta cómo Luis Uranga respondía airado a Arrate que “si el Athletic tenía la escopeta preparada, la Real se haría con escudos para repeler esos ataques”.

En la foto que yo vi en aquel periódico, Joseba (que el inútil del corrector de Word se empeña en cambiar por “Josefa”), ya vestía de rojiblanco. Clamé al cielo. Quería regresar al Coffee Shop, abrir al menos una de las bolsitas verdes que traía de recuerdo (la policía no anduvo muy espabilada, ni la francesa ni la española) y olvidarme de todo. El fichaje fue una jugada rastrera, que para aquel chaval veinteañero y apasionado justificaba todo el rencor y el desprecio que cabe en un corazón. No voy a entrar en comparaciones con el reciente intento por llevarse a Oyarzábal, ni en argumentos contra el Athletic a los que, ya con 43 años, no veo sentido.

El odio lo ensucia todo, también el deporte. Hoy prefiero ver al Bilbao como un rival a respetar, esclavo de su propia filosofía, respetable  a su vez, pero también criticable. Me gusta que trabajen la cantera, como nosotros lo hacemos. Por otro lado, me parece ridículo que un chaval nacido en Extremadura, Talavera o París sólo pueda vestir su camiseta si tiene (o se le supone) un bisabuelo vasco.

Romántico ¿eh?

Que nadie me entienda mal. Pero ridículo. Igual que me pareció absurdo el tiempo en el que en la Real podía jugar un bosnio pero no un cántabro. Creo que el camino que tomamos desde el fichaje de Boris es el adecuado. La base de la plantilla sigue siendo Zubieta (tanto o más que Lezama en el caso del Athletic). Si hay que completarla con futbolistas de fuera, su procedencia es lo de menos. Yo, que siendo de Albarracín adoro a mi equipo, si no tuviera los años que tengo ni esta espalda cansada, ni esta torpeza con el balón en los pies que tanto me deprime, podría soñar con jugar en la Real, no en el Athletic.

Pero en fin.

No voy a dedicar este artículo a criticar, se han escrito muchos al respecto por personas mejor documentadas que yo y con mejor licencia para opinar sobre tradiciones, despachos, trampas y puñaladas. Solo quiero recordar que hace veintiún años, las cosas sucedieron de manera diferente. Aquel chaval era todavía más joven que Mikel Oyarzabal. Con tan solo 17 años había ganado la bota de oro en el mundial sub 20 de Catar. Siete goles en seis partidos. Lo prometía todo. No llegó a alcanzar las expectativas que generó en aquel tiempo, pero fue un gran futbolista para su club, internacional absoluto, buen profesional y mejor persona. Siempre renegó de su pasado blanquiazul y no perdió oportunidad de ensalzar a los que consideraba suyos. No le guardo rencor a Joseba, solo faltaría. Le ofrecieron un contrato escandaloso y se fue.

Punto.

En algo hemos cambiado después de veinte años. La Real y yo.

Hoy me habría enterado del fichaje en mitad del viaje, habría retuiteado dos mil muestras de indignación y mis familiares habrían respirado aliviados mucho antes. No siento ya aquella devoción por Amsterdam, ni siquiera por sus Coffee Shops. Regresé una y otra vez, pero ha pasado demasiado tiempo desde la última. Se me ha caído el pelo irremediablemente y la policía ya no tiene ganas de cachearme (creo). Por su parte, Mikel Oyarzabal, con 19 añitos, promete tanto o más que Joseba. Es un chico brillante, solamente hace falta ver la asistencia que le hizo a Juanmi en Pamplona, o escucharle en una entrevista. De esos futbolistas inteligentes, que continúan estudiando a pesar de la fama y el dinero, que derrochan clase en el campo y madurez ante los micrófonos. Humilde, con los pies en el suelo, juega como si tuviera 25 años y habla como si ya no cumpliera los 30. Listo y preparado para lo que se le viene encima.

Porque lo que se le viene encima a Mikel, después de elegir esta camiseta en lugar de la rojiblanca, es La Real.

Con todo su peso, su grandeza, los desvelos y las exigencias de sus aficionados. No quiero ser cursi, pero este chaval custodia los sueños infantiles de mucha gente. No lo va a hacer él solo, sabemos que el fútbol es cosa de 11. Pero cuando el equipo se conduce en la vulgaridad, jugadores como él, Zurutuza, Xabi Prieto o Carlos Vela tienen la llave para abrir puertas cerradas, ganar partidos burdos como el del sábado, encontrar oro entre un campo de barro. Si el entrenador y toda la plantilla consiguen hilvanar un juego sólido, estable y fiable, en los pies de Mikel estará la diferencia entre las victorias morales (de esas ya tenemos muchas) y los éxitos reales.

Seguramente, algún día emigrará. Si su evolución es la que intuimos, se marchará a la Premier, al Barça, al Madrid, al equipo que quiera, porque va para crack. Como Antoine Griezmann. Como Xabi Alonso. Dejará un recuerdo dulce y las arcas de Anoeta bien surtidas. Nos sentiremos orgullosos de su éxitos, como lo estamos ahora de nuestro francés, o nuestro Xabi. Pero antes de que eso suceda, tiene que ayudarnos a cumplir alguna que otra quimera. La más difícil es que se quede para siempre en la Real, ojalá sea así. Como eso es complicado, me basta con agradecerle que haya permanecido ahora. Que no confunda el dinero con la grandeza. El Athletic tiene la suya, claro que sí. Pero no es más grande que nosotros. Marcharse de la Real para irse a un grande no es marcharse al Bilbao, solo porque no puede fichar otra cosa que no sean jugadores vascos, al precio que sea.

De cara o por la espalda. Nosotros lo sabemos y él lo ha comprendido así también.

Eskerrik asko, Mikel, eta Zorionak.

Has elegido bien.

Qué voy a decirte yo…

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