Estudios sociológicos y demás perversiones

Eran al rededor de las 12:30, salía de la Universidad y he sacado el móvil para actualizarme en Twitter, cuando he visto un post de Antena 3 Noticias:

Un estudio demuestra que la pasión por el fútbol es similar al sentimiento de una persona enamorada.

El susodicho estudio lo ha llevado a cabo la Universidad de Coimbra (Portugal) durante 3 años gracias a tres científicos que comprobaron que los circuitos cerebrales que se activan en los hinchas de fútbol son los mismos que se activan en el amor romántico. Tres años, y llegas a la conclusión de que ver a tu equipo es como amar… esto me lleva a dos conclusiones (sin ánimo de desacreditar el estudio): o los científicos no son aficionados de equipo alguno o les gusta tanto el fútbol que han decidido dedicar tres años para hacer entender a aquellas personas anti-futboleras lo que la gente común denomina “no lo puedes entender si no eres hincha de un equipo”.  Sin embargo intentar comparar (o en este caso explicar) lo que uno siente por su equipo con el amor es un terrible error por las enormes diferencias que hay entre ambos lados.

Pero antes de proseguir recordaré una cita de Eduardo Galeano:

“En su vida, un hombre puede cambiar de mujer, de partido político o de religión, pero no puede cambiar de equipo de fútbol”.

Y es que es verdad que por muy aproximada que sea la ciencia el sentimiento de cada persona (tan diferente del que tiene al lado) siempre escapa a la lógica, en este caso agravado por la propia imprevisibilidad del Deporte Rey, y esto a la vez tiene una connotación filosófica en la que no voy a ahondar nada más que para decir que dichas reacciones imprevisibles son infinitas dentro del mismo colectivo de aficionados o respecto a los rivales, rescatando como ejemplo la reacción de cada uno de los 500 aficionados txuriurdines desplazados a Vigo en la última jornada cuando Juanmi puso el 2-2 en el 93′. Extrapolando esto a un estadio de 70.000 espectadores en una final de Champions, que intenten sacar la regla.

Volviendo a la comparación fútbol-amor a priori podrían aparecer muchos símiles: es un sentimiento visceral, te hace actuar de una manera muchas veces descontrolada y como ya he dicho imprevisible, y es a la vez una relación donde puedes recibir lo mejor y lo peor.

Pero no nos engañemos, el amor la mayoría de veces tiene fecha de caducidad, de hecho, tras escribir esta frase me acabo de acordar de una magnífica campaña que hizo Keler con la Real allá por 2010 cuando aún militaba en segunda:

“Puedes cambiar de novia… pero no de camiseta”. Es una especie de eslabón más en las etapas de tu vida: Naces, te haces de la Real, creces, ves el fútbol con los colegas, te reproduces, vas con tus hijos a Anoeta, y mueres. Toda una vida como txuriurdin; como quien diría “¿historias así en Gipuzkoa? 1000”. Y es a veces irónica ese vínculo que puedes tener con tu equipo, pues a la vez que se dice que en una relación estable cada uno tiene que dar el 100% en esta relación eres tú quien da más, pagas tu abono, sigues yendo al campo haya sol, llueva, nieva o truene, y ¿Cuántas veces nos hemos vuelto con las orejas gachas un miércoles a las 00:00 tras perder con el Getafe en casa? Para que el fin de semana que viene vuelvas a darles una oportunidad. Es un sentimiento tan sacrificado y tan sincero a la vez…

Y hablemos de finales porque las relaciones muchas veces tienen finales, la mayoría duros y difíciles de superar. No obstante, el hincha se lo plantea de otra manera: ¿Cómo te voy a dejar ahora por fallarme un par de veces si te he aguantado en tus peores momentos durante tres años?

Así pues, científicos de Portugal, no caigan en el error de comparar un sentimiento con una manera de vivir, de ver las cosas y disfrutar el Mundo de 90 minutos en 90 minutos, bien deberían saberlo ustedes tras ganar la Eurocopa el pasado verano en Francia. Porque como dicen en la megafonía de Anoeta tras terminar el partido “quien mucho quiere, mucho sufre”.

 

Asko maite duenak, asko sufritzen du!

 

Gora Erreala!

 

Ander Oiarbide

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