Eskerrik asko, Erreala

Las últimas cinco jornadas, cinco entrenadores se han lamentado en rueda de prensa de que acababan de jugar su peor partido de la temporada: Peregrino, Garitano, Simeone, Abelardo y Luis Enrique. Las declaraciones del asturiano el domingo por la noche fueron emocionantes para la afición de la Real. Sin tapujos, sin excusas ni demagogia:

“La Real ha sido muy superior a nosotros. Ha sido un milagro llegar al descanso 0-0. Es la primera vez desde que yo soy entrenador que nos vemos claramente inferiores al rival”.

Los grandes no siempre saben aceptar la derrota, aunque sea moral, como la del domingo. En demasiadas ocasiones reaccionan como un niño mimado ante la adversidad, sin dejar de mirarse el ombligo. Los futbolistas estrella, los entrenadores, los presidentes, la prensa rendida a sus pies y a los ingresos que les aportan, olvidan a menudo al rival. Si el Barça, el Madrid o el Atlético pierden, todo el ruido posterior gira alrededor del club poderoso, como si hubieran jugado solos. Entra dentro de lo lógico en este mundo que habitamos, a estas alturas lo tenemos muy asumido. Pero por eso no deja de ser injusto.

Lo que ocurre es que el partido que la Real jugó el domingo lo vio todo el mundo. Y fue tan extraordinario que la huella que nos dejó trasciende al resultado. Histórico, en todo el sentido de la palabra. Posiblemente irrepetible.

Cuando Guardiola asumió la dirección del Barcelona y empezó a apabullar a sus rivales, generó un estado de impotencia generalizado en todo el mundo del fútbol. Daba igual que jugara contra el Atlético de Madrid, el Real Madrid, el Manchester o la selección de Marte. Los partidos terminaban 5-0, 6-2 o 7-1, sin ningún tipo de opción para el equipo rival. A nosotros, aquella marabunta nos pilló en segunda división, y nuestro propio drama nos libró de un par de disgustos anuales. Como espectador, me fascinaba ver jugar a aquel equipo, me parecía que daba igual lo que el resto del planeta fútbol intentara, porque, sencillamente era imposible parar aquella máquina. Escuchaba los lamentos y las críticas de los entrenadores hacia sus equipos y pensaba:

“Pobrecito, qué va a decir. Da igual, no puede hacer nada, porque es imposible”.

Les ruego me acepten la comparación con el actual estado de forma y nivel de juego de nuestra Real, salvando las distancias. Ustedes, como yo, han visto todos los partidos y desde que perdimos el derbi, este equipo ha reducido a cenizas a sus rivales. A todos. El baño que le dimos el domingo al Barcelona ha tenido mucha repercusión, porque la mitad de este país está esperando que pierda el Barça, así como un 30% de los aficionados está esperando que pierda el Madrid. El otro 20% sabemos que la vida es otra cosa, pero no se lo queremos contar a nadie porque no nos roben el lujo de ser especiales. Al Atlético le hicimos lo mismo, y posiblemente sea un equipo más difícil de abordar, con menos fisuras. Y a todo el que se ha puesto por delante. Por cierto, ayer vi el Villareal-Alavés y el sábado el Real Madrid-Sporting. Buenos equipos ¿eh? Los de Vitoria ganaron donde nadie lo había hecho, así como fueron capaces de ganar en el Camp Nou. Y el Sporting acorraló al Madrid en el Bernabéu, tuvo el empate en sus botas, incluso.

No eran tan malos ¿eh?

Parecían malos porque enfrente estaba la Real. Esta Real. La de la presión arrogante en el área contraria, la de Asier Illarramendi y David Zurutuza ocupando los espacios, marcando el ritmo del juego a su antojo, robando un balón tras otro y dándoselo a un compañero. La de don Xabi Prieto y su toque de clase, que este año además siempre resulta eficaz. La del Vela redimido y maduro, que no duda en cruzar el campo para recuperar una pelota y es capaz de recorrer 60 metros con el balón en sus pies, hasta que marca gol, da una asistencia o le hacen falta. La de Carlos Martínez y Yuri, puñales ambos por su banda y solventes en defensa. La de Íñigo, nuestro Íñigo imperial y decisivo en cada corte. La de Raúl Navas (vaya sorpresa agradable este futbolista), poderío aéreo y categoría en la salida del balón. La de Mikel Oyarzabal. Cómo estará este equipo que apenas se ve brillar al chaval, parece uno más cuando hace cuatro días era nuestra única luz. La de Gerónimo Rulli, cada día que pasa mejor portero y más decisivo, porque ahora solo nos llegan dos o tres veces por partido. De de William José, brillante en el juego de espaldas, contundente en el remate. La Real de Eusebio.

Pero no quiero escribir este artículo para analizar el juego de la Real, otros lo han hecho ya, con más conocimientos y mejor criterio que yo.

Solamente quería darle las gracias.

Hace tiempo que comprendí que la vida no es como me la había imaginado, y tengo aceptado que jamás lo será. Los deseos, la magia y las ilusiones se quedaron con los reyes magos. Por mucho que quieras que algo suceda, el universo gira como le da la gana. A veces consigues las cosas por ti mismo, otras muchas no. Mi capacidad de fantasear con mundos imposibles, el único resquicio de la infancia, descansa, casi por completo, en La Real. Y esta semana, gracias al nivel que está mostrando este equipo, de vez en cuando, sin venir a cuento, sonrío. Imagino jugadas hilvanadas en el descuento de partidos decisivos, finales, semifinales, qué sé yo.

Veo a Xabi Prieto marcando un penalti en el último minuto, a lo Panenka, a lo Xabi Prieto.

Y me siento campeón.

Después despierto, tropiezo, vuelvo a sonreír, y murmuro:

“Eskerrik asko, Erreala”.

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