El efecto mariposa

El efecto mariposa

El fútbol es como la vida.

Cursiladas aparte, que después de este comienzo cabían demasiadas, el fútbol es impertinente, caprichoso e irreversible, como la puñetera vida. Los seres humanos tenemos la capacidad de mirar al pasado y conspirar contra el destino consumado, imaginar caminos distintos a los que un día emprendimos y sentir las consecuencias de lo que no sucedió. Algunos teóricos opinan que es esta una estrategia evolutiva para mitigar la frustración.

Yo creo que la capacidad de reinventar el pasado solo sirve, si acaso, para tocar las narices. El uso del condicional, más allá de lo que los ingleses llaman condición posible (si estudio aprobaré), es completamente inútil, dañino y desaconsejable. Cualquier combinación de haber más participio es tiempo perdido y dolor asegurado, pero cuando nos alzamos hasta el pluscuamperfecto del subjuntivo (si hubiera o hubiese hecho o dejado de hacer…) rozamos el masoquismo. No acostumbramos a discutir los aciertos o las hazañas, claro.

Del mismo modo que nos duele el destino esquivo, aceptamos sin rechistar los regalos de la fortuna. Si aquel disparo de Zamora hubiera ido al poste o a la tribuna del Molinón, quizá yo sería aficionado a la filatelia y no estaría escribiendo estas letras, a lo mejor muchos guipuzcoanos engendrados aquella noche serían hoy una alternativa fallida entre diez mil millones.

Quién sabe.

Años más tarde… ¿Perdimos la liga en Vigo? ¿O fue en aquel descuento grotesco ante el Villarreal? ¿O en el partido contra el Valencia en casa? Esa punterita de Kovacevic a pase de Nihat…

¿Cuándo descendimos? Xabi Prieto solamente ha fallado un penalty en su vida, algún día ese dato destacará entre las leyendas del fútbol. Y tal vez, solo tal vez, aquel único error contra el Athletic en Anoeta nos condenó a segunda división.

¿Qué habría pasado si Víctor Casadesús hubiera marcado aquella ocasión, en Vitoria? Tal vez Lillo habría firmado una época gloriosa en la Real, o Badiola…Buf, no creo.

Mirar al pasado es peligroso y reconstruirlo solo sirve para lo que tan vulgarmente apunté más arriba, pero yo no puedo evitarlo.

En el fútbol tampoco.

Por ejemplo, no consigo olvidar el último partido en el Bernabéu, ese jugado en la víspera de nochevieja que lo pudo cambiar todo. Todavía con 0-0 en el marcador, Agirretxe, en una de sus maniobras imposibles, se plantó solo ante Keylor Navas, que en la salida, sencillamente, le partió el tobillo. Fue una entrada, cuanto menos, peligrosa. Si un portero hubiera roto el tobillo, la temporada y un montón de sueños a Messi, Cristiano o Bale, habría sufrido un linchamiento mediático.

Cosas del fútbol.

Y de la vida, claro.

Porque Agirretxe, aunque lejos de esas cotas de notoriedad, atravesaba la mejor temporada de su vida. Llevaba 12 goles en 16 jornadas, sostenía con clase y acierto a toda la Real, una nave a la deriva. Tal vez, por adivinar el pasado, habría podido participar en la Eurocopa, calidad no le ha faltado nunca y su estado de forma era soberbio. En un segundo se esfuma el futuro, se deshacen miles de posibilidades y se pierde la senda.

A fecha de hoy, todavía no sabemos cuándo volverá a jugar al fútbol. Algunos empezamos a temer lo peor. Siete meses es mucho tiempo. No hay fecha prevista. A mí me da miedo hasta mencionarlo. Ojalá nos equivoquemos. Seguro que sí. Aúpa Imanol.

En el mismo partido llovieron más desgracias: también se lesionó gravemente Sergio Canales, el árbitro pitó dos penaltis inexistentes a favor del Real Madrid y dejó de pitar otros dos a favor de la Real. Suena a victimismo rancio, pero ahí están los vídeos y las crónicas, incluso de la prensa afín al rival. El diario Marca todavía reza en Internet:

“El colegiado no señaló un penalti de Pepe a Jonathas y sí lo hizo en dos acciones poco claras de Yuri”.

Hacemos tan poco ruido que la debacle quedó silenciada por el resultado final, la crisis de Rafa Benítez o las tribulaciones del padre de Neymar. Aquella Real empezaba a cuajar. Eusebio había conseguido vestir al equipo con cierta brillantez, una suerte de fortaleza que después desapareció drásticamente. Tal vez un desenlace diferente, sobre todo para el tobillo de Imanol y la rodilla de Sergio, habría empujado a aquel conjunto frágil, pusilánime y acomodado hacia el camino correcto. Recuerdo pocas plantillas con más clase que la que el año pasado desperdició la temporada, una más.

Pero no nos engañemos. En la vida, como en el fútbol, la única vacuna posible contra el azar habita en nosotros mismos. Me explico: aunque lo imprevisible, inevitable y trágico nos golpea cuando menos lo esperamos, si el ser humano  recorre un camino certero es a base de esfuerzo, determinación e inteligencia.

Y ambición.

Y exigencia.

Y disciplina.

Y planificación.

¿Me siguen?

La Real de la temporada pasada me recuerda demasiado a ese estudiante que, según su profesor, tiene capacidad pero no se centra, “puede pero no quiere”. Cuánto me molestaba aquel diagnóstico cuando era estudiante, joder. Yo sí que quería ¿cómo no iba a querer sacar buenas notas y pasarme el verano pensando (solo) en las chicas? Me costó una eternidad encontrar la fórmula para ajustar mis capacidades a mi voluntad. Los futbolistas también quieren, estoy convencido. Pero en el fútbol, como en la vida, el éxito se consigue a base de renunciar a la comodidad, acertar con el equipaje y medir los esfuerzos.

Y eso ha faltado en las últimas temporadas. Sin mala intención ¿eh? Seguro que los gestores del club pensaron que Jagoba Arrasate estaba preparado para gestionar el milagro de Montanier. Sin duda, cuando el ridículo clamaba al cielo y el cambio era inevitable, concluyeron que era necesario un británico con prestigio para poner en cintura a la plantilla. Meses después, al comprobar que lo único destacable que había hecho Moyes fue comerse un gusanito de la bolsa de una niña, el día que lo expulsaron en partido de Copa, concluyeron (con buen criterio otra vez) que la habían vuelto a cagar.

Y llegó Eusebio. Y ya no me atrevo a opinar, porque el año pasado empecé el verano convencido de que Moyes iba a triunfar, me había gustado la forma de acabar la temporada anterior. Del vallisoletano, me gusta su idea de juego. Tengo más dudas sobre su capacidad de apretar las tuercas a la plantilla para que no se relaje ni un solo segundo. ¿Se acuerdan del partido contra el Atlético de Madrid en la 2014-2015? ¿Aquel que dirigió Asier Santana entre Jagoba y Moyes? He visto pocos equipos más ordenados, motivados y entregados que aquella Real. Con un interino en el banquillo. El esperpento de aquella temporada se resume en las tres victorias ante Madrid, Barcelona y Atlético, con tres entrenadores diferentes. Parece, pues, que el problema no fue solamente de entrenador.

¿O sí?

Tal vez el secreto de un entrenador, más allá de sistemas, radique en su capacidad para exprimir al futbolista, convertirlo en cómplice y seducirlo para que muera en el campo cada semana, ante cualquier rival.

Dudas aparte, que solo el tiempo disipará, me ilusionan algunas cosas: la incorporación de Olabe. Que Vela (manda narices) prometa que este año se lo va a tomar en serio. Una defensa con Íñigo, un centro del campo con Asier Illarramendi, Aguirretxe recuperado, la frescura de Aritz y Zaldúa, el súper clase que se adivina en Mikel Oyarzabal, un Zurutuza capaz de jugar 30 partidos… Buf, ya me estoy relajando, viniendo demasiado arriba incluso.

Peligro.

No pasa nada, solo soy un aficionado, me pasa cada verano desde que tengo uso de razón.

Pero los que mandan… Ustedes, por favor, no se relajen. Cuando lleguen las desgracias, que nos encuentren preparados para sortear el azar.

Si los incendios se apagan en invierno, en el fútbol las victorias se germinan en verano.

Atentos y suerte. O viceversa.

David Sáez Ruiz

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