Dudas razonables y un recuerdo amargo

Este parón liguero de septiembre me resulta siempre impertinente. Parece que todo haya empezado, pero a medias. Dos partidos prematuros, uno desastroso y otro vulgar, maquillado con el mínimo de competitividad que se le supone a cualquier equipo profesional. Dos pinceladas de talento en las botas de Zuru, Juanmi y Oyarzabal, un clavo ardiendo al que agarrarnos. Pero ninguno estamos demasiado confiados, hay demasiadas dudas en torno al equipo. Dudas que tan solo el tiempo y el balón, que sigue siendo redondo y caprichoso, disiparán.

Este pasado fin de semana jugamos un amistoso contra el Deportivo Alavés.

Malos recuerdos, Mendizorroza.

Cuando me comprometí a escribir un artículo semanal para esta web, asumí la dificultad de contar algo diferente cada semana, sin conocer el oficio del periodista y a tanta distancia física de la Real. Mi tarea, pues, no puede ser informar, ni tengo la formación para ello ni la licencia moral. Solo aspiro a dibujar sentimientos alrededor de nuestra Real, a recordar historias comunes para nosotros, a soñar lo mismo que vosotros y a distraeros un poco cada semana. Al aceptar el compromiso, supe que un día tendría que contaros mi particular vivencia del Alavés-Real Sociedad, en junio de 2008.

Cada aficionado vivimos en aquel un partido diferente: unos en el campo, otros delante del televisor, y otros muchos ante una pantalla ridícula, del tamaño de un post it amarillo, en el ordenador. Ninguno lo hemos podido olvidar. Es de esos acontecimientos que quedan grabados, de los que uno asocia incluso con lo que hizo de comer aquel día, con quién estaba o cómo vació su pena después de la debacle.

Fue el día más triste de todos los días tristes que he pasado alrededor del fútbol. Más que la semifinal contra el Hamburgo. Más que aquella tanda de penaltis en cuartos de la UEFA, contra el Stuttgart, en el 89. Más que la final del Bernabéu, en el 88. Más que el día que descendimos… más todavía que la liga perdida en Vigo.

Más que ningún otro día triste.

Cuando digo que el ascenso que viví entre Zumárraga y Donostia, dos años después, fue uno de los días más felices de mi vida, no exagero. Y sobre todo lo fue por lo que tuvo de desagravio con Mendizorroza. Sabemos que es la del fútbol una tristeza banal, recreativa y probablemente injustificada. Con los problemas que hay en la vida y en el mundo, ¿qué hacemos llorando por esto?

Bueno. Yo con Toy Story 3 también termino llorando un poquito, y al fin y al cabo son unos monigotes de dibujos.

Con derecho o no a las lágrimas, las derramé. Igual que muchos de vosotros.

Había pasado toda la temporada buscando la retransmisión de la Real en la red, cada sábado por la tarde. Aprendí incluso a ajustar la imagen de TV3, Canal Sur o Tele Madrid con la narración de Punto Radio Gipúzkoa o Radio Euskadi, pausando unos segundos la imagen hasta que decía el locutor: “¡Comienza el encuentro!”. Madre mía, qué temporada. En segunda, sin televisión. Nunca olvidaré aquel primer partido contra el Castellón, con un chico llamado Sarasola en el lateral izquierdo y Cris Coleman derrochando inocencia y juventud en el banquillo. Perdimos 0-2, en pleno agosto, en segunda división. Después pasaron muchas cosas, demasiadas quizás. Y tal vez a largo plazo fue mejor aquel ascenso fallido, el club se purgó en el infierno y saneó sus cuentas, muchos compramos acciones para ayudar en la supervivencia… qué sé yo.

En cualquier caso, aquello fue una tragedia griega. Llegamos a la penúltima jornada con el alma en un puño. El Sporting perdía en Castalia, si ganábamos estábamos en primera. Yo lo miraba de reojo en Canal + mientras sufría ante mi pantallita. Con 1-2, en el minuto 83, Víctor tuvo el ascenso en sus botas, en un mano a mano que todavía me provoca pesadillas. La retransmisión online llevaba unos 30 segundos de retraso con la vida real, y unos 28 segundos respecto al Canal +.

Imaginad.

1-2.

Resistimos.

Vamos a ascender, joder.

Final en Castellón.

¡El Sporting ha perdido!

Dios, vamos a ascender. La verborrea de Lillo guardaba un as en la manga. Por fin. Qué año más largo y más horrible.

Aúpa la Real, joder.

A punto de llorar de alegría, frente al ordenador.

Imaginad.

¿Por qué narices aplaude la afición del Sporting en la tele?

¿Se han vuelto gilipollas?

Si han perdido y vamos a ascender nosotros… ¿por qué aplauden?

Bufandas rojiblancas al aire. La locura en Castalia.

Dios.

No.

Las certezas, cuando se posan despacio sobre un cerebro en ebullición, queman.

La revelación de un desastre inevitable, a punto de mostrarse ante tus ojos, guarda un dolor surrealista. Tardé medio segundo en comprender lo que estaba a punto de pasar en mi pantallita del tamaño de un post it.

No puede ser.

¿Cómo puedo parar esto?

Gol del Alavés. 2-2

En Castellón sigue la fiesta.

Gol del Alavés. 3-2

A la mierda todo.

El resto ya lo conocéis.

Subí a mi habitación, no quería que mis hijos vieran a su padre, con 35 años y 99 kilos, llorando como una Magdalena después de ver “cosas” en el ordenador. En aquel tiempo tenía otros problemas, algunos ignorados, que tal vez hubieran justificado más y mejor aquel torrente de lágrimas.

Fuera por  inconsciencia o por insensatez, lloré por la Real.

Lloré como un niño desconsolado, con las manos en la cara, sentado en la cama frente a la ventana.

No pude salir del cuarto ni despojarme de la rabia y la tristeza hasta pasados veinticinco minutos. Luego bajé, me lavé la cara y preparé la cena.

Ya sabéis que después pasaron otras dos temporadas y al final ascendimos. Al tercer año desde el retorno a primera, tocamos el cielo de nuevo y nos clasificamos para la Champions. Volvimos a ser la Real. El club de los sueños imposibles. Aquel dolor, aquellos años duros, tuvieron que servir para algo.

No puede volver a pasar algo así.

Este es el recuerdo amargo.

Las dudas, razonables o no, las resumo a continuación:

Ya sabemos, perfectamente, de dónde venimos.

¿A dónde queremos ir?

¿Está la ambición del club a la altura de sus aficionados?

Hace algunas semanas, me preguntaba, derrochando optimismo, si recordaremos “Aquella Real de Eusebio”. Yo todavía no soy tan pesimista al respecto como muchos de vosotros. Me parece que puede funcionar, pero leyendo los artículos de gente mucho más informada que yo… me ahogo en las dudas:

¿De verdad tienen tanto peso algunos jugadores, hasta el punto de que el director deportivo, por amistad o apellido, los impone al míster?

¿De verdad puede pasar eso en un club profesional, con la historia de la Real?

¿Qué sentido tiene que el nuevo responsable deportivo se incorpore al trabajo el mismo día que termina el mercado de fichajes? Sabemos que había un compromiso profesional por su parte que tenía que cerrar, pero… ¿De verdad no podía opinar sobre la plantilla? ¡Si lo hemos hecho todos!

¿Lo ha hecho él?

Conocí a Loren en 2003, tuve la ocasión de charlar incluso con él. Muy campechano y amable. Nos pidió información sobre los equipos aragoneses de la tercera división, categoría en la que entonces competía el Sanse. Recuerdo quedarme pensando algo así como: “¿Y este a qué se dedicará, si le tenemos que informar nosotros?”.

La duda de entonces me sigue pesando.

La plantilla tiene peso, quilates incluso.

¿Impondrá Eusebio el rigor táctico y el compromiso necesario?

¿Aprenderá Yuri a centrar desde la línea de fondo? ¿Aprenderá Héctor a defender?

Si ocurre cualquiera de las dos cosas, me doy por satisfecho.

¿Encontrará su sitio una perla como Aritz? El lateral derecho, si Zaldúa recupera la forma que alcanzó un día, me parece suyo. ¿Puede Aritz jugar realmente de central?

¿Volverá Raúl Navas a ser futbolista? Planta y calidad le sobra, pero son muchos meses de parón…

¿Agirretxe? Ay, Imanol…

¿Se resarcirá Canales de todas sus desgracias? ¿Aguantará esa rodilla?

¿Resurgirá Carlos Martínez una vez más? Recordad cuántas veces le dimos por imposible.

Y sobre todo, la duda más inquietante: Me encanta la incorporación de Roberto Olabe. Creo que es una incorporación valiosa. Pero…

¿Qué demonios dice cuando habla y escribe en Twitter?

 

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1 respuesta

  1. JoseMelilla dice:

    Pedazo de trozo de articulo. He leido pocos mejores sobre la Real y lo que significa para mucho de nosotros, que como en mi caso (Melilla) vivimos a 2000 km de alli. Un saludo CAMARADA.

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