El Don de Xabi Prieto

El Don de Xabi Prieto

El fútbol es una suerte de poso imperecedero de la infancia. Cuando uno es niño, lógicamente, ve a los futbolistas como hombres. Los admira, idolatra sus gestas y sueña con estrecharles la mano alguna vez. Aunque después nos convirtamos, poco a poco, en adolescentes, jóvenes, menos jóvenes, maduritos y definitivamente viejos, siempre ves al jugador desde los ojos del niño que fuiste.

Xabi Prieto nació en agosto de 1983, diez años después que yo. Por lógica, tendría que contemplarlo con la condescendencia que se mira, primero a un chaval, después a un veinteañero convulso y más tarde a un treintañero que empieza, al fin, a entender lo que es la vida. Sin embargo, a mis 43 años, todavía siento que los futbolistas son mayores que yo. La perspectiva y sus misterios. Los días de partido especial me pongo mi camiseta de 2013, el año que alcanzamos la Champions, con el 10 de Xabi Prieto a la espalda. Después del partido, la pliego cuidadosamente y aplazo el lavado un poco más, no quiero que empiece a perder color.

A estas alturas, no deberían hacer falta artículos en defensa del capitán de la Real. Desde la lejanía, he contemplado con incomodidad ciertos tics de la afición, un reproche velado hacia Xabi, siempre latente en el aire de Anoeta, a punto de estallar, a la espera de un balón perdido o un spring insuficiente. Es cierto que el 10, como todo ser humano, podría haber dado más.

Claro.

Al ignorante que vocea impertinencias en la barra de un bar, nadie le pide una frase brillante, ni la solución al hambre en el mundo. Cuando un imbécil ejerce su condición en público, ninguno esperamos de él que encuentre la piedra filosofal o descubra la vacuna contra el cáncer. A los futbolistas sin talento les pedimos voluntad y les aplaudimos el esfuerzo. Ensalzamos sus aciertos y a veces los convertimos, entre todos, en estrellas condenadamente fugaces.

¿Se acuerdan de Winston Bogarde?

Era un defensa holandés que no sabía jugar al fútbol mejor que yo. Formó parte del mejor Ajax de Ámsterdam, ese que ganó una copa de Europa, aquel de los hermanos De Boer, Kluivert, Davids, Litmanen y compañía. El Ajax que después compró el Barcelona, casi íntegramente, entrenador incluido, Winston Bogarde incluido. Van Gaal decía de él que siempre obedecía las órdenes, defendía como un soldado y jamás defraudaba al equipo.

Así era. Lógico, es difícil que te defraude aquel del que poco esperas.

Recuerdo una jugada, en un Barça – Madrid, en la que Bogarde robó un balón en el centro del campo, con toda la banda izquierda para él. Con su velocidad, si hubiera sabido manejar el balón, se habría plantado ante la portería contraria en tres segundos. Vi aquel partido en casa, con mi hermano. Solemos reírnos de las mismas cosas sin necesidad de abrir la boca. Complicidad fraternal, supongo. Nada más ver arrancar a Bogarde, antes de que el balón desapareciera de sus pies, antes de que se le escapara por la banda o sabe Dios qué demonios hiciera (no lo recuerdo) rompimos a reír en una carcajada. No había nada más absurdo que ver atacar en solitario a Bogarde. Era un atleta vestido de futbolista que a menudo recibía la ovación del Camp Nou. Por su entrega, por cumplir con su tarea.

Bien.

Imagino que futbolistas así también son necesarios (no las tengo todas conmigo, lo dejaré ahí).

Pero cuando una persona tiene un don, el que sea, tendemos a exigirle que atesore también el elenco completo de virtudes humanas. Xabi es la clase, la elegancia y la magia, todo en uno. No es infalible, es cierto. Ha pasado por temporadas difíciles. Seguramente, la vida personal le habrá volteado más de una vez, como hace con todos. Por desgracia lo hace más intensamente cuanto más sensible y más inteligente es una persona. Con su clase, un puntito más de aceleración y fuerza física le hubiera convertido en aspirante a todo. Pero Xabi es lo que es, no lo que el mundo le exigió siempre que fuera. Y es condenadamente bueno. Demasiadas veces, he visto cómo al niño que destaca por una cualidad, la que sea, lo observamos más en busca de lo que le falta que con afán de fomentar sus virtudes. Qué lástima, si no fuera tan vago. Qué pena, si se centrara en lo que hace. Qué pérdida de tiempo, verlo bailar, dibujar, soñar… con lo importantes que son las matemáticas.

A pesar de los pitos, de las expectativas inquisitoriales y de todos los avatares, Xabi se ha plantado en los 33 años, revelándose todavía como una pieza clave en la Real. Pese a quién pese, los dos partidos más brillantes y más serios del equipo esta temporada Xabi ha estado en el once titular. No ha sido el único. Había diez compañeros más, claro. Algunos son a estas alturas más importantes que el capitán, no soy idiota: Asier, Íñigo, Zuru, Oyarzabal, William José, el mismo Carlitos Vela… Pero Xabi, con su mirada impasible, su humildad y su planta de futbolista, sigue ahí.

Asistiendo. Enfriando el juego cuando es necesario. Hilvanando el ánimo de la grada en cada balón que toca. Calmando al compañero con su pase templado, cargado de electricidad estática. Metiendo los penaltis cuando nadie se atreve a hacerlo, burlando al portero con la misma caricia al balón, la misma mirada al frente, la misma frialdad que atempera las taquicardias de los aficionados. Cediendo el penalti al compañero cuando lo importante es el compañero, y en consecuencia el equipo.

Escribiendo poesía con los pies.

Hace un tiempo, en una de mis visitas a Donosti, esperé impaciente la salida de los jugadores tras el entrenamiento a puerta cerrada de Anoeta. Me hice fotos con Asier Illarramendi, con Antoine Griezmann, con Carlitos Vela, Carlos Martínez, Íñigo, Mikel González… La idolatría tiene tintes grotescos, absurdos, incluso ridículos, soy perfectamente consciente. Pero yo esperaba a Xabi Prieto. Y cuando salió, estaba nervioso como un chaval, no sé qué tontería le dije.

He alcanzado algunas metas en esta vida. Profesionales y personales. Pero la ilusión que siente un niño cuando descubre los regalos de los Reyes, solo es comparable a aquella foto junto a Xabi Prieto. Porque el fútbol, como la vida, es patrimonio de los grandes triunfadores, de los que alcanzan gestas inimitables, pero también de los pequeños héroes. A veces, lo sublime habita en una simple caricia. El fútbol no solo está tejido con títulos y portadas triunfales. También vive de un control inverosímil, pegado a la banda. Un regate imposible, un penalti a lo Panenka para firmar un ascenso… los detalles de Xabi Prieto han abaratado cientos de entradas. Su profesionalidad, el amor por la Real y su fidelidad al club merecen, al menos, nuestro reconocimiento. Se quedó con nosotros cuando descendimos. Cobrando, claro. Mucho, seguramente más de lo que todos nosotros juntos cobraremos en toda la vida. El fútbol es esperpéntico en ese aspecto. Pero podría haber marchado. Y no lo hizo. Y se va a retirar en la Real, me temo que nos queda poquito tiempo para disfrutarlo.

One club man.

Esta Real tiene mimbres para hacer una buena temporada. Todos soñamos con ganar, al fin, de nuevo, un título. Si no lo hacemos es que no somos de la Real.

Espero que lo consigamos.

En primer lugar, por ese niño que llevamos dentro. Después, también, porque sería de justicia poética ver a Xabi, Don Xabi Prieto, levantar un título con la Real.

Como ahora se estila sentenciar en Twitter…

#DonXabiPrieto

#RESPECT
David Sáez Ruiz

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