El día en el que casi me da un infarto… 5 veces

Último partido de la temporada, Europa en juego, temperatura ideal, entradas a buen precio, actividades en los aledaños de Anoeta y banderas de plástico gratis. Parecía ser el día ideal para poder ver al equipo de mi corazón en directo. Cierto es que las cuatro veces que he visto a la Real esta temporada (Barça y Athletic en casa, Alavés y Athletic fuera) hemos perdido, pero algo me decía que ese día iba a ser distinto. Con la compañía de mi hermana pequeña, que nunca había estado antes en Anoeta, nos acercamos a la estación de autobuses de Vitoria para ir a Donosti en el bus de las 16:45, con tiempo, para que no hubiera sobresaltos.

Recargamos la tarjeta del bus, cogimos los billetes de ida pero no nos llegaba para los de vuelta, que teníamos que coger por adelantado, ya que el autobús volvía a las 22:15, y el partido se jugaba a las 20:00. Tras volver a una máquina para recargarla y de vuelta a la otra para sacar los billetes (¿para qué coño nos hacen usar dos máquinas distintas?) nos damos cuenta de que nos habíamos dejado la tarjeta en la primera, y, al ir a por ella, ya no estaba. El autobús salía en 10 minutos y no teníamos forma de coger los billetes de vuelta. El corazón se acelera y empiezo a rebuscar 20 veces en cada bolsillo, otras 20 en la cartera y otras 20 le hago a mi hermana rebuscar. Por suerte una chica nos habla, supongo que conmovida por el bochornoso espectáculo y nos dice que ha encontrado la tarjeta, pero ha recargado 5 euros sin querer. Se los di por supuesto, incluso me dieron ganas de darle un beso en la frente. Pero había que comprar el billete de vuelta y el bus no espera. Corrimos y llegamos segundos antes de que saliera. Primer aviso de infarto.

Llegamos a Donosti a las 18:10 con el susto aún en el cuerpo. Sin embargo, según nos acercábamos al templo y empezábamos a ver camisetas txuri-urdin la alegría y el optimismo empezó a invadir nuestro cuerpo. Pero un descriptivo cartel colgaba de la taquilla: “No hay entradas”. Tanto sufrimiento y kilómetros de viaje para tener que ver el partido en un bar. No dábamos crédito. Mi corazón volvía a sufrir, casi tanto como mis dedos, que marcaban los números de mis compañeros del rincón a toda velocidad, en busca de un último rayo de esperanza. El milagro ocurrió: mi buen amigo Galder (al que conocí en persona ese día, pero desde entonces es amigo de toda la vida) me pudo conseguir dos entradas.

Os dejo una instantánea de las vistas que nos consiguió Galder. ¿Qué podía salir mal?

Entramos por fin al campo. Anoeta a reventar, un asiento del que se ve de lujo, AC/DC sonando, ovación a Mikel. Nada podía salir mal. Nos sentamos a disfruar del partido. El gol de nuestro capitán no tardó mucho en llegar, pero, cuando mejor pintaba el partido, un chut de fuera del área pegó al palo, rebotó en la espalda de Rulli y llegó el empate. Final del primer tiempo, tocaba sufrir en la segunda parte. La Real necesitaba marcar y lo intentó por todos los medios, pero el que lo consiguió fue el Málaga. Zapatazo directo al corazón. Nos costó recuperarnos del golpe, pero había que darlo todo en el último partido de la temporada, la situación lo exigía. Empujados por Anoeta, la Real empató por medio de Bautista, aún había tiempo de remontar. En ese momento todo Anoeta se puso en pie, todos nos convertimos en hooligans (incluso mi hermana, que apenas conoce las reglas del fútbol, comenzó a animar empujada por la emoción). Los jugadores se contagiaron. Todos nos contagiamos. El sprint de Oyarzabal para llegar a la presión se celebró como si se ganara una liga. En ese momento todos éramos uno, todos éramos la Real. Aunque teníamos que salir con antelación para llegar al autobús, mi hermana y yo nos quedamos en la puerta para ver el final, acompañados por los guardias de seguridad, contagiados también por la pasión con las que se vivieron los finales. No pudo ser.

El gol de Bautista no fue suficiente para hacernos con la victoria. Vía gipuzkoagaur

Tocaba irse. Cuando estábamos saliendo, me di cuenta de que me había dejado la sudadera bajo el asiento. No me lo podía creer. Corriendo a contracorriente de la marea de aficionados que salía del campo pude ver que la sudadera seguía en mi asiento. (Aprovecho para pedir disculpas si empujé a alguien volviendo al asiento y dar las gracias a quienes vieron la sudadera y no se la llevaron). Con la sudadera que me regaló mi novia, a la que tanto cariño tengo, ya recuperada, volví con mi hermana. Habíamos perdido unos minutos preciosos para coger el bus. Tocaba correr y mi corazón no daba para mucho más. Si alguno de los lectores vio a un chaval con la camiseta de Iñigo Martínez adelantando aficionados a toda velocidad junto a su hermana pequeña, esos éramos nosotros.

Conseguimos llegar a la carrera al autobús justo antes de que cerrara las puertas, por segunda vez. Vuelta a Vitoria con el corazón a más revoluciones que el motor del bus.

Hoy ya he conseguido asimilar todo lo ocurrido. Por suerte Athletic y Villarreal no ganaron y aún tenemos opciones (aunque pequeñas) de ganar algún puesto y entrar en Europa. Es cierto que aquel día lo recordaré por haber perdido varios años de vida y haber acelerado la obsolescencia de mis órganos vitales, pero también lo recordaré por ser el día en el que Anoeta tal como lo conocemos, afición, equipo y guardias de seguridad fuimos uno. Esto es la Real. Esto es mi equipo.

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