Balones fuera (un relato en 20 segundos)

“Porque si el tiempo se quedase ahí, inmortalizando a los seres y a las cosas en su punto justo, nos libraría de los desencantos, de las corrupciones, de las ínfimas traiciones tan propias de nosotros los mortales”.

Eduardo Sacheri. Me van a tener que Disculpar.


I.
– (Debo guardar el archivo) – fue lo que pensé de inicio.
La junta se había extendido unos quince minutos de lo propuesto y se empalmaba con la hora en la que usualmente como. La sala de juntas se encuentra en el inmueble anexo al restaurante. Ahí, donde está la administración del mismo. Es una sala de buenas dimensiones, con una mesa al centro y muebles alrededor. La solemos ocupar una vez a la semana, por cuestiones operativas y una ocasión al mes para revisar contabilidad. Mi hermano, el menor, hace uso de ella. La usa como su oficina y aprovecha para extender todos los papeles que recibe y tiene. Él, entre otras cosas, opera el restaurante y verifica como se lleva la administración.

La primavera estaba a una semana de distancia y el calor se empezaba a sentir. El cambio de estación nos lleva a realizar variantes en el menú.Se dejan de consumir sopas y los comensales prefieren ordenar ensaladas y otros platillos frescos, por lo que estábamos deliberando sobre qué eliminar y que cosas agregar.

Un grito se escuchó.

“¡Veinte segundos!”

La voz, salía de la oficina contigua a la nuestra. Era una voz grave, que exigía algo…

“No puedo creer, faltaban ‘pinches’ veinte segundos”.

En seguida, pensé en una falla en la red. Los servidores fallan sin previo aviso. Yo estaba enviando un documento a través de una plataforma en línea en la que se pueden cargar archivos de tamaño considerable, dudé, volteé a ver el monitor…y trabajaba con normalidad.

Los reclamos continuaron detrás de la pared. Podía identificar palabras sueltas como ‘rebote’ o ‘oportunidad’. Dos minutos más tarde, dimos por terminada la junta. Mis archivos se habían cargado satisfactoriamente y teníamos una lista tentativa (a reserva de cotejarla con los costos) del menú de temporada.

La tarde siguiente, me encontraba en la barra del Salón de “Adela’, que es la entrada del restaurante, era la hora de la comida. Platicaba con uno de los meseros sobre la importancia de la amabilidad en cualquier negocio de servicio, el trato con el cliente y el proveedor, cuando por la puerta entró mi vecino de oficina. Ayer no supe que fue lo que le hizo alzar la voz de esa manera, ni el enojo que mostraba. Sí bien, luego de un par de minutos no volví a escuchar nada, sí me preocupé un poco. Que el modem se trabe o que un archivo que lleva horas en la descarga se corrompa, no se lo deseo a nadie, menos aún si por el ramo profesional en el que se desempeña, el uso del internet se hace indispensable.

Salude a sus dos acompañantes, él venía detrás

  • ¿Qué onda? ¿cómo están?

  • ¡Bien! – respondieron al unísono

  • Oye…-dije mirando a mi vecino-…ayer, ¿qué fue lo que te pasó?

Fue entonces que su rostro cambió, hizo una mueca de dolor -disgusto, diría yo-, tomó aire y su respuesta no pudo ser más sorprendente.

II.

Mi hermano me había pedido que tuviera lista las sugerencias del menú para esta primavera. Necesitaba revisar un par de platillos con él. Tenía en mente dos o tres opciones para hacer más sencillo el proceso y no tener que resolverlo en una junta interminable (del tipo de juntas que no soporto).

Había hecho una lista de pendientes y tenía pensado varios argumentos a favor mis propuestas en la carta. Mi perro – un gran danés de color gris – descansaba a mi lado sin hacer ruido alguno. Usualmente me acompaña allá donde vaya, juntas, viajes, caminatas, por eso cuando lo dejo solo un rato suele comportarse como infante.

Fuimos resolviendo los puntos que se habían previsto en la junta. Hubo un par – nuevas bebidas y un evento a finales de abril – que nos llevaron un poco más de lo previsto, pero a decir verdad íbamos bien. Los platillos por los que abogué fueron aprobados por mi hermano mayor – chef del lugar- lo cual me hizo el día. Por lo general muestra un poco de reservas ante sugerencias, mías o de cualquiera – orgullo lo llaman – pero en está ocasión dijo que sí a las tres cosas que llevé en mi wishlist.

En eso estábamos y de la nada un grito (o queja) “veinte segundos”. Enseguida la voz agregó:

  • Veinte pinches segundos ¿por qué el tacón?’

Miré a mis hermanos, ellos devolvieron la mirada durante un segundo y continuamos la junta. Al salir de la reunión, me detuve con mi perro un momento frente a la puerta de la oficina de junto, intenté escuchar alguna señal posterior a los gritos o frases. Algo. Nada que entendiera. Una voz que mascaba ira: ‘¡aguántala, carajo!’  y calló. Seguí mi camino. Baje la escalera que conduce a la salida pero me quedé con la duda el resto de la tarde.

Hora de la comida del día siguiente, en medio de los pendientes del día en el restaurante, vi a mi vecino acercarse a saludar. Buscaba, junto a sus acompañantes, alguna mesa disponible en la terraza. De pronto recordé el episodio del día anterior, pero temía que si preguntaba pudiera incomodarlo…la curiosidad me venció.

-¿Qué te pasó ayer? Te escuché muy enojado… y ¿qué significaban los ’veinte segundos’ que reclamabas?

Se puso serio, miró sus zapatos, respiró, lo noté avergonzado y alzó la cara para responderme.

III.

Me gusta estar en las juntas del restaurante. Lo mío es otra cosa, pero me gusta la operación del negocio. Mis hermanos me requieren para las reuniones y junto a ellos y el administrador, me pongo al tanto de cómo van las cosas, los pendientes y las estrategias para pelear en un mercado muy competido. Ahora que lo pienso – lo escribo – el negocio tiene que ver no sólo con el sabor, también va de la mano con el comportamiento del ser humano – mi área profesional – de cómo el se relaciona, busca estímulos y crea lazos (con la comida, lugares y acompañantes).

En eso estaba, junta quincenal, tomaba notas, asentía y opinaba. Se estaba discutiendo la novedades de la carta, me parecía buena idea eliminar un par de sopas y agregar pastas y ensaladas durante la primavera. Pedazo – el gran danés de mi hermano – no se movía de la posición que había adoptado una hora atrás. Abría los ojos de vez en cuando, verificando que siguiéramos ahí, no le gusta quedarse solo.

Y en medio de todo, un grito, dos, tres….nuestro vecino le reclamaba a alguien, o a varias personas… a un cliente o a su computador… No lo sé, no sería la primera vez, algún día lo escuché discutir con alguien de Movistar sobre esas llamadas que te hacen sin pedirlo, yo también lo he hecho, debo confesar que no son agradables e incluso pueden ser molestas…

En la sala de juntas nos miramos por un momento, ‘Pedazo’ levantó el cuello y seguimos adelante, estábamos terminando. Yo necesitaba ir a mi consulta, tenía cita a las 14.30 hrs. debía partir enseguida por lo que no tuve la oportunidad de averiguar el motivo del disgusto en la oficina contigua. Escuche a mi vecino molesto – y por lo general es muy simpático- .

Trato de comer a una hora fija siempre, es difícil en esta ciudad, más teniendo un lugar de consultas a una media hora del restaurante. A veces, no sé si éste se aleja o la ciudad se ensancha, ya que el trayecto puede llegar a recorrerse en una hora y 15 minutos. La tarde siguiente programé la última cita de la mañana a las 12.45 hrs, para poder llegar a comer antes de las 3 de la tarde, había quedado con mis hermanos y probablemente asistirían mis papás.

Llegué, salude a toda la plantilla (meseros, cocineros y lavaloza) y fui a sentarme junto a mi hermano menor – y ‘Pedazo’ -. El menú del día incluía ceviche de esmedregal, tacos de rib-eye en tortilla azul con guacamole y agua de mango. Al terminar, caminé en la terraza, saludé comensales y finalmente llegué a la mesa donde departía mi vecino y sus socios.  Le sonreí, tendí mi mano derecha para saludarlo y mencione a manera de pregunta:

  • ¿Veinte segundos?

IV.

Real Sociedad 2 – 1 Eibar. Minuto 92:40 (90+3)

“…Los blanquiazules seguían jugando demasiado hacia adelante en lugar de anestesiar la contienda. En los compases finales, se sucedieron varios fallos de pase cuando lo que exigía la situación era contemporizar. Odriozola, Yuri, Canales… Hasta que Oyarzabal intentó un regate de tacón en el 93, el Eibar robó, jugó en largo, y el despeje de Navas cayó en los pies de Pedro León (el peor destino), quien, tras un amago, disparó con la zurda y Rulli no consiguió detenerla …”  Mikel Recalde. Noticias de Gipuzkoa Marzo 1, 2017.

 

Realizado por @juanchavito

Javier Ramón

Cofundador de "El Rincón de la Real". Me gusta escribir sobre deportes, sobre todo fútbol y tenis. "La oscuridad es una oportunidad para mostrar tu brillo"

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