NUEVO ANOETA | Cuentos de barro

Cuentos de Barro sobre Atotxa. De alirones, puros y gloria.

Atotxa me hacía sentir actor del partido. Era como participar en una película de acción y mucho sentimiento de noventa minutos que se rodaba cada semana.
Mikel Recalde. Txuriurdin y periodista. 

Antes de empezar a escribir este artículo, he estado mirando fotos viejas. Una caja de metal donde mi colección de momentos se funde con los que coleccionaba mi aita. Hoy abro mi cápsula del tiempo y vuelvo a Atotxa para impregnarme de la magia del viejo y glorioso Estadio que se dejó vencer por sus ochenta años de Historia. En mi foto preferida sale mi tío con la bufanda Txuri Urdin hecha por mi abuela. Es la que sigue llevando a Anoeta. Tendrá más de cuarenta años y si pudiera hablar nos contaría en primera persona los cuentos de barro que tanto me gustan.

Hoy me siento sobre mis rodillas en el suelo de Mi Rinconcito con cientos de recortes de periódico que hablan del Alirón de la Real Sociedad. Ya no se dice eso de ‘Alirón’, ¿verdad? Los aledaños de Atotxa olían a puro. Ahí estaba Tabacalera en plena producción. Hoy es una sala museo. Y el símil no puede ser más acertado. Cuando nos mudamos a Anoeta, el fútbol pasó a ser de otra manera. De pronto, te sentías menos parte de él. Pasamos de jugar en una fortaleza a hacerlo en un fortín con foso de cocodrilos.

No hay manera de hacer entender a los supervivientes de aquél mítico estadio que hoy no pueden fumar puros mientras disfrutan de su equipo. Ni beber en bota. Mi Aita siempre me cuenta que en su peña de Atotxa siempre llevaban champagne y pasteles o chorizo y barras de pan. Siempre había algo que celebrar. Solían perderse muchos goles porque el fútbol se vivía de pie y ser bajito no tenía ninguna ventaja. Ni te atrevías a mandar sentar al de delante. Eso era impensable.

Hay tantos cuentos de barro como aficionados que no olvidan Atotxa. Me encantaría teneros a todos aquí mismo para escuchar los vuestros y poder recopilarlos todos para reconstruir Atotxa con ellos. Sería precioso.

Esos señores con bigote se transformaron en imágenes estáticas en bandejas de metal para hacerse eternos. ¿Qué no daríais por vivir en movimiento aquella época, por volver a ser actores de nuestro fútbol?

Esta semana he visto cómo caía el fondo sur de Anoeta y mi mente no para de viajar en el tiempo. Me encantaría subirme a esa excavadora para quitar las pistas yo misma. Hablar con el arquitecto para que, sobre plano, dote al nuevo estadio de la esencia de Atotxa. No sé cómo podríamos transportar a 2019 aquello que se sentía desde 1913.

Pienso en el futuro como en la resurrección del espíritu de Atotxa. La aniquilación de las pistas como liberación de una identidad encerrada. Por todos y cada uno de los que vivieron Atotxa. Como un viaje al futuro desde 1913 sin parada en 1993. Los sueños de aquellos hombres con bigote personalizados en jóvenes que pueden empezar a vivir el fútbol como debe vivirse el fútbol. Desde dentro. Volver a sentir que tu aliento se siente en el verde. Aupar a los tuyos cuando las piernas flaquean. Abrazos de gol que se conviertan en piña multitudinaria. Un ‘lololeo’ que no haga eco. Cantos que se fundan en uno para transformar la grada en una caldera.

Quizás los cuentos del Nuevo Anoeta ya no sean de barro. Pero mi deseo es que tampoco sean de pipas. Sueño con que en 2019 nuestros cuentos vuelvan a ser de grada. Y que esa bufanda raída y descolorida siga sumando temporadas y momentos para el recuerdo.

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