18 AÑOS | La Sonrisa de Aitor

Uno de los múltiples homenajes que Aitor ha recibido en las inmediaciones de Anoeta en los últimos años.

El péndulo de la mente alterna entre el sentido y el sinsentido, no entre el bien y el mal.
Carl Gustav Jung, médico psiquiatra y ensayista suizo

Parece mentira que ya hayan pasado dieciocho años. Y aún más increíble es tener recuerdos de algo que ha pasado hace tanto tiempo. Recuerdos lúcidos y conscientes. Duros. Implacables. Perennes. Intactos. Dolorosos.

El tiempo pasa. La vida pasa. Pero para Aitor el tiempo se detuvo en 1998. Se congeló su sonrisa. Una sonrisa que la afición de la Real tendrá siempre por bandera. Una vida robada sin razón. En nombre de algo que ni el propio asesino sabrá defender con argumentos porque el único argumento es el sinsentido.

Sólo era fútbol. Sólo fútbol.

Como en la canción de Mecano, las inmediaciones del Calderón se tiñeron de malva. Sin un por qué. Para siempre. Un viaje sólo de ida. ¿Sólo de ida? La memoria de Aitor volvió a Donosti.

Dieciocho años después, en cada jornada el nombre de Aitor Zabaleta acompaña al equipo desde la grada y los actos de homenaje siguen siendo igual de emotivos. Nadie debería tener el poder de decidir sobre la vida de las personas. Nadie debería tener miedo de su escudo cuando acude a otros Estadios.

Supongo que ese mundo ideal de aficiones que se respetan sólo existe en la mente de la mayoría. Curioso es que ese sector mínimo sea quien imponga su particular dictadura del miedo. En su grada, continúan los cánticos de desprecio a la sonrisa de Aitor.

Pero luego nos quitan el tapón del botellín de agua.

No sé si dieciocho años después su muerte habrá terminado siendo una lección de vida. De lo que estoy completamente segura es que el fútbol debería vivir al margen de ideales nada idóneos.

La vida es una constante batalla de libertades. Donde termina la mía empieza la del otro.
El fútbol es una maravillosa disputa de escudos. Y donde termina mi pasión empieza la del rival.
El respeto es la dulce danza de mentalidades opuestas. Sólo basta con no perder el ritmo.

Pero supongo que aquella noche de fútbol para el verdugo no estaban en juego los puntos. Ni los goles. Ni la pasión de grada. Él no buscaba un abrazo de gol ni la satisfacción de una victoria. Aquello no fue en nombre del fútbol. No lo fue.

Entonces era muy niña para entenderlo. Dieciocho años no bastan para encontrar la razón.

Y es que no pasarán años suficientes para que su asesinato caiga en el olvido. En la grada de Anoeta, en todos los aficionados de la Real y del fútbol en general siempre estará presente la Sonrisa de Aitor.

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