El niño del pijama de rayas

Me costó conciliar el sueño. Supe que había cruzado la frontera entre la vigilia y la libertad cuando me sorprendí en la puerta de un estadio de Anoeta a medio derruir. Como siempre que piso aquel suelo querido, me había convertido, de nuevo, en un niño. El cielo plomizo de Donosti estaba teñido de polvo grisáceo, color columna. Las excavadoras arremetían contra la puerta 7, justo al lado del escudo, y yo gritaba desesperado para que cesaran sus embestidas. Todavía tenía que entrar en la tienda para comprarme un pin de plata, que ya he perdido varios, la camiseta de #YoNoTengoSegundoEquipo y la equipación nueva.

Conseguí escapar de una excavadora pequeñita, de esas que parecen naves espaciales amarillas y enfadadas. A los mandos, un Yuri Berchiche con los ojos muy abiertos golpeaba cimientos, papeleras y viandantes, sin criterio ni medida. Como esas veces que subía la banda de Anoeta a toda velocidad, la cabeza gacha, dejando atrás rivales, compañeros y, a veces, incluso el balón. A pesar del estruendo, se le oía claramente que estaba muy decepcionado, “muy decepcionado”, repetía. Yo quise desearle suerte en París, pero no fui capaz porque cuando me quise dar cuenta, Yuri ya emprendía la rotonda grande de Amara, amenazando con llegar a lo viejo y acabar con todos los pintxos del mesón Aralar, de puro coraje por haberse tenido que ir al PSG.

Siempre quise viajar a París, pensé. ¿Y para qué? Me respondí yo solito.

Por fin, vislumbré la tienda de la Real. Aceleré el paso, necesitaba llegar antes que las máquinas y, sobre todo, antes de despertar. Por mi estado de ánimo apacible, empezaba a sospechar que aquello no era mi vida Real. Justo antes de entrar, me vi abordado por una kalejira monumental que marchaba, banderas al viento y cánticos al aire, hacia el velódromo. Encabezaba aquella muchedumbre un Pirata Granero enfundado en la camiseta del Español, con pata de palo, con parche en el ojo, con cara de malo, montado en un velero parecido a esos vehículos rutilantes que hay en los grandes almacenes para que los niños agobien a los papás pidiendo una moneda tras otra. Los papás de Granero debían de haberle dado cincuenta monedas, porque el barco se bamboleaba con un ímpetu que no me pareció normal. La afición llevaba pancartas con lemas extraños: “Granero, gran profesional, mejor persona”, “Granero, aunque no hayas jugado muy bien nunca te olvidaremos”, “Granero, eres el mejor, aunque aún no sabemos en qué posición”. El mismo Esteban, encantador, como siempre, me animó a acompañarlos a la cena pirata de despedida. “Toda Donosti está invitada”, me dijo. Yo me excusé alegando que no me gustan mucho las empanadillas congeladas (vete tú a saber por qué) y que tenía que ir a la tienda oficial del club. “Igual acudo a los cafés”, improvisé, no muy convencido.

Como toda la ciudad marchaba a cenar con Granero, me apresuré pensando que no habría cola para las camisetas, pero un Iñigo Martínez más expeditivo, más tatuado y más líder que nunca, me adelantó como una exhalación al grito de #AupaErreala. Quise pedirle que no se marchara, “¿dónde vas a estar mejor que en casa?”, me atreví incluso a farfullar, pero Iñigo ya había desaparecido, ignoro si en dirección a Milán, a Manchester o a seguir entrenando como un titán en Zubieta.

Entré, por fin, a la tienda.

Aintzane Encinas firmaba libros de sus “latidos de futbolista” a un grupo de turistas japoneses. Pensé en despedirme de ella y darle las gracias por tanto tiempo dedicado a nuestra Real, pero me dio vergüenza. Total, nunca fui a ver un partido de las chicas a Zubieta en mis viajes a Donosti y temí que, con razón, Aintzane me lo echara en cara. A mi lado, Diego Llorente revolvía entre un montón de camisetas viejas, porque había perdido una blanca que le gustaba mucho. En el mostrador, un chaval delgadito, que dijo llamarse Januzaj, preguntaba a la dependienta cómo se decía Bélgica en Euskera. La chica le contestaba que “Belgikan”, pero que podía hablar como quisiera, que la Real es un club abierto a todas las culturas.

Por fin, llegó mi turno.

Como siempre sucede en los sueños, justo al final, cuando estás a punto de volar, besar a la chica o caerte del precipicio, el absurdo o la frustración te atropella. Lo malo no fue que no quedara un solo pin de plata. Tampoco que la camiseta de #YoNoTengoSegundo equipo, de repente, se hubiera convertido en rojiblanca, como la del Athletic. Lo peor de todo fue que cuando llegué a casa, me puse la nueva equipación y me miré al espejo dispuesto a hacerme un selfie para Instagram, descubrí que la dependienta me había vendido, en realidad, un horrendo pijama de rayas.

Resignado ante tanto imposible frustrado, me metí en la cama.

Y desperté.

#CuentosDeLaReal

 

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