El mayo de la Real

Este cuento es una historia Real.

O una vivencia fabulada, no tengo ganas de discutir.

Surrealista, mágico y folklórico. Los hechos que voy a narrarles son verdaderos, cualquier parecido con la ficción es pura coincidencia.

A estas alturas de la vida, me quedan ya pocas devociones. Entre ellas, están el partido de la Real y los mayos de Albarracín. Empieza raro el cuento, ¿a que sí?

Pues esperen.

Los mayos son una tradición con raíces celtas, romanas, incluso fenicias. En la Sierra de Albarracín se celebran desde la noche de los tiempos y en Albarracín, como en cada pueblo, aldea o ciudad, pensamos que los nuestros son los más bonitos, los más auténticos, los más sagrados. De aquella época en que los mozos elegían por sorteo o subasta a la chica a quien deseaban rondar, quedan tan solo las coplas, que no han cambiado un ápice desde, al menos, el siglo XVIII. Y una liturgia que a los vecinos de Albarracín nos emociona sobremanera: el canto de los mayos a la virgen, en la catedral, a las doce en punto de la noche del 30 de abril. Un servidor tiene el privilegio de ser uno de los cantadores desde 1999, lo cual, para que muchos de ustedes me entiendan, me atrevo a comparar con lo que sentiría un donostiarra galardonado con el Tambor de oro el 20 de enero.

Tengo muchas historias parecidas, alguna incluso más surrealista que la que voy a contarles. Por ejemplo, en mi primer viaje con la peña Zezen Txiki de Teruel, mi amigo José Manuel Cortés y el resto de directivos enfundados en camisetas blanquiazules, hicieron corro en la puerta de Mestalla, al grito de “¡Teruel capital, Zaragoza pedanía!”. Los transeúntes valencianistas no sabían si temernos por peligrosos, denunciarnos a la policía por alborotadores o enviarnos al psiquiátrico por… diferentes.

Qué grande fue la peña Zezen Txiki.

Hay más anécdotas. Alguno, en Donosti, quizá recuerde a un tipo arrodillado en la puerta de Anoeta, gritando al cielo con cada gol que Samuel Eto´o, entonces en el Mallorca, marcaba en el Bernabéu.  La Real jugaba a continuación contra el Sevilla, en mayo 2003. Aquel tipo raro era yo. Pero aquel año estuvimos a punto de ser campeones. Mis aspavientos estaban justificados ¿o no?

Nuestras andanzas en el congreso de peñas de Zumárraga, en 2010, la víspera del ascenso, también merecerían, como las anteriores hazañas, al menos una historieta de Ibáñez.

Pero la que voy a contarles merece un cuento:

El 30 de abril de 2011, la temporada del regreso a primera agonizaba. La Real estaba a un solo punto del descenso y quedaban todavía cuatro partidos. Nos tocó sufrir y mucho aquel año. Esa noche, a las 20 horas, jugaba el Barça en Anoeta. El Barça invencible de Guardiola, que tenía la liga prácticamente ganada, que llevaba 31 jornadas sin perder y se acercaba peligrosamente al récord de imbatibilidad que todavía ostenta la Real. Yo, a esas horas, vestía ya el traje tradicional aragonés. Un traje tradicional que siempre aderezo con mi pin de plata de la Real. La cena de la rondalla, otro evento sagrado, era a las 21 h. Y me fui al bar a ver el primer tiempo, resignado a estar pendiente de la radio en la segunda mitad.

Pero ustedes recordarán aquel partido.

El Barcelona empezó bailando a la Real. Aquel equipo de Martín Lasarte tenía en su once titular jugadores como Tamudo o Demidov, por si no los recordaban. Lejos del virtuosismo al que llegamos años después, pero ya con Griezmann, Zurutuza o Xabi Prieto en el campo.

Presión adelantada y contraataque fugaz. Corazón. Sobre todo mucho corazón. Adivinarán que dejé morir el primer tiempo en el bar, mirando de reojo el reloj. Un jovencísimo Thiago Alcántara había marcado el 0-1, aquel Barça invencible tarareaba el alirón y nosotros nos veíamos de nuevo en segunda. Los turistas que entraban al bar me miraban con curiosidad. Sin duda debía de ser uno de los protagonistas de la fiesta de los mayos, por la pinta.

Por supuesto, terminó el descanso y fui incapaz de moverme de la barra. Ya me comería el segundo plato. Como cada año, la noche me reservaba un papel protagonista sobre el escenario, pero el verdadero espectáculo pintoresco lo ofrecí, sin querer, aquella segunda parte. Si buscan el resumen, verán cómo Diego Ifrán, recién salido al campo, consiguió empatar en el minuto 71, en una jugada embarullada que Zurutuza aclaró con un pase maravilloso al uruguayo. Algunos (cuanta ignorancia) me atribuyeron vocación madridista cuando celebré aquel gol. Claro. El mundo se divide en dos. Pues no. #YoNoTengoSegundoEquipo.

Y el equipo siguió presionando en el área del Barça. Hice varios ademanes de marcharme a cenar y en ninguno de ellos lo conseguí. Y diez minutos después, le hicieron un claro penalti a Zurutuza.

Xabi Prieto.

Probablemente, aquel fue el penalti peor tirado de todos los que nuestro capitán ha metido en su carrera. Pinto intentó engañarle, y casi lo consigue. Pero el balón entró. Y yo, como todos ustedes, como todo el mundo en el bar ya sabía que iba a suceder, enloquecí. Me arrodillé, salté, me acabé la cerveza de un trago. Salí a fumar. Volví a salir a fumar. Y al final, como todo en la vida, el partido terminó.

Y la Real ganó.

Y finalmente eludimos el descenso, aunque todavía nos tocó sufrir un poco más en las últimas jornadas.

Pero sobre todo, defendimos el récord a golpe de corazón. Hay quien todavía no sabe que ningún otro equipo, jamás, ha aguantado 38 partidos sin perder en liga. Pues ya lo saben. Hubo uno que lo consiguió hace 37 años. Y ese mismo equipo evitó, mucho tiempo después, que una apisonadora como el Barça de Guardiola se lo arrebatara.

Sucedió un 30 de abril.

Anoche, cuando canté aquello de “ya estamos a treinta del abril cumplido, alégrate dama que mayo ha venido”, el pin de la Real lució, igual que siempre, en mi camisa. Fuera de contexto, como la vida misma.

Aunque jamás canté el mayo de la virgen tan feliz y tan vivo como aquel 30 de abril de 2011.

Aúpa la Real.

#CuentosDeLaReal

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