El hombre que se encontró en Google.

Érase una vez un señor muy parecido a mí. Prácticamente era yo, pero en tercera persona. Desde pequeñito abordó una constante búsqueda personal. Se preguntaba a sí mismo:

¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿Hacia dónde voy? ¿Cuál es el sentido de esta vida rara?

Esas movidas.

A lo largo de los años, adoptó identidades variables, provisionales, indefinidas.

Fue, como todos, niño visionario. Imaginó un millón de futuros para él y sus aledaños: proyecto de locutor de radio, jugador de baloncesto, sociólogo, informático, psicólogo, escritor, ceramista, qué sé yo. Bueno, nunca pensó en ser ceramista, era una licencia poética.

Se imaginó adulto y feliz, joven de espíritu, viejo vivido, querido y queriendo a borbotones. Se forjó en mil materias vitales, algunas tan inútiles como el tiempo perdido: Inglés, Matemáticas, Filosofía antigua, medieval, moderna y contemporánea; Estadística aplicada a las ciencias humanas, Psicología Evolutiva, Clínica y Social, Hostelería teórica y aplicada, jardinería amateur, economía virtual, real y catastrófica.

Se especializó en desengaños, errores definitivos y aciertos trastabillados.

Sediento de respuestas, absorbió la sabiduría de todos los proverbios orientales, a cual más revelador y profundo. Peleó con cientos de refranes empapados de lógica, pero en la búsqueda de tanta verdad se mareó un poco. Ante cada refrán cargado de elocuencia, emergía su contrario igual de rotundo, indiscutible y estimulante. Vivió largas temporadas convencido de que a quién madruga, Dios le ayuda. Otras justificó su pereza amparado en el hecho indiscutible de que no por mucho madrugar, amanece más temprano.

Abrumado por tanto punto de vista, fue un eterno aprendiz de mucho, maestro de casi nada. Aunque demasiado tarde, acertó en llamar pan al pan, y vino al vino. Asumió, agotado, que cada palo ha de aguantar su vela, que aquello que de lejos parece, de cerca no falla.

Que casi nada de lo que reluce es oro, y casi todo lo que huele mal es mierda.

Discutió con todos los refranes. Aunque agua pasada no mueve molinos, las nubes de antaño siempre escondieron, para él, tormentas de granizo; fue perro flaco, el peor de los sordos, rey tuerto del país de los ciegos, vendió mil pieles antes de cazar un solo oso; siempre prefirió cien pájaros volando que uno en la mano. Tuvo ojos que no quisieron ver y corazón que no acertó a sentir a tiempo.

No escarmentó en cabeza ajena, ni apenas en la propia.

Y a pesar de que a cada cerdo le llega su san Martín, por tanto comer de lo que no mata, engordó una y otra vez. Tanto engordó que aun en las temporadas que pesa poco, sigue sintiéndose un gordo. Un gordo delgado, eso es verdad.

Si de músico, poeta y loco, todos tenemos un poco, él atesoró los tres títulos. Los dos primeros en sus delirios, el tercero por necesidad.

De tanto buscar El camino perdió la huella de los pasos andados.

Probó también con la música, por cambiar.

Cantando, espantó una y otra vez, todos sus males. Quiso convertirse en un truhán y en un señor, como Julio Iglesias. Vivir a su manera, igual que Frank Sinatra. Pero como hay canciones para todos los temperamentos, terminó anclado en el número siete de la calle Melancolía, tan joven y ya tan viejo, como Joaquín Sabina. Encontró en cada cajón, papel o rincón, aquellas pequeñas cosas que un día escondió Joan Manuel Serrat. Y la vida, como a todos, unos días le besó en la boca y otros le dejó sin saber qué pasaba, chupando un palo, sentado, sobre una calabaza.

Pero para eso estaban Barricada y el Dúo dinámico.

No hay tregua, se dijo.

Y erguido frente a todo, resistió.

Fue tan cabal que convivió, imperturbable, con gigantes verrugosos y malencarados, convencido de que eran molinos. Tan quijote que se tuvo por cuerdo, a pesar de la rotundidad de los síntomas.

Y todo, tanta búsqueda insaciable, para terminar así:

La otra noche, apoyado en la barra de un bar, borracho y cansado de buscar su reflejo entre las botellas de licor, le dio por buscarse en Internet, a ver si de una vez por todas descubría quién demonios era. Tecleó su nombre, aseado y peinadito, con sus comillas y acentos:

“David Sáez Ruiz”.

Pinchó en “Imágenes” y aparecí yo, claro. Ya he dicho que nos parecíamos mucho.

Resumido en un puñado de archivos JPG.

El móvil devolvió una serie de fotos mías. Más o menos joven, más o menos afeitado, más o menos digno.

Junto a mí, don Quijote y Sancho surcando a caballo el mar, junto al Peine de Viento.

A la derecha del todo, una imagen de Xabi Prieto con el puño en alto, celebrando un gol.

Un gol de la Real.

Y se dijo: ¡Qué jodido este Google, qué bien me conoce!

 

 

 

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