El cambio de hora

Si puedo adelantar el tiempo, me dije, voy a hacerlo a conciencia. Y en lugar de una hora, giré las manecillas hasta el mes de junio, por ver cómo se adivinaba el verano. Comprobé, satisfecho, que había terminado de pagar el aparato dental de mi hijo.

Por fin.

El mayor me había suspendido las matemáticas y me disgusté un poco, aunque se veía venir. No pasa nada, le tranquilicé. Ahora mismo nos vamos a septiembre, recién terminada la recuperación. Volví a manipular mi reloj y en un plumazo me libré del calor, de los mosquitos y de los calamares aceitosos de las vacaciones en Peñíscola. El chaval respiró aliviado al ver que pasaba limpio a cuarto, pero se quedó un poco chafado cuando se enteró de que se había esfumado el verano y volvía al instituto, así, a palo seco.

La vida es muy dura, lo consolé. Luego siempre va a peor, así que puedes estar contento. Satisfecho con la lección transmitida a mi hijo, regresamos a nuestro tiempo para que aprovechara mis enseñanzas.

Y ahora ¿Dónde voy?

El gol de Zamora, pensé.

Apenas lo recuerdo, era muy pequeño y es una pena atravesar la vida viviendo solo una vez los momentos por los que valió la pena. Y sin más consideraciones, di 13110 vueltas hacia la izquierda a las manijas del reloj y me planté en el 26 de abril de 1981. Un poco desilusionado, comprobé que la casa donde ahora vivo era habitada por otras personas, que yo tenía ocho años y no había manera de encontrar la retransmisión del partido; ni el mando del canal satélite, ni más satélites conocidos que el Sputnik y la luna. La televisión era una caja de madera con un cristal abombado en su vientre, y la radio se escuchaba fatal. Apenas pude escuchar la retransmisión de Radio Nacional en un transistor viejo, (o nuevo, según la dimensión) que encontré en aquella casa en la que yo un día viviría.

Marcó Zamora, la Real ganó la liga y salí a la calle a celebrarlo. Pero en Albarracín había muy poco ambiente, porque yo era el único aficionado de la Real, y todavía no lo sabía con seguridad. Me encontré a mí mismo con ocho años, jugando en las escuelas con los que fueron mis amigos. Quise presentarme ante ellos y advertirles de los peligros que les acechaban a la vuelta de las décadas, pero no supe por dónde empezar: cuidado con lo que firmas, con lo que fumas, con lo que prometes, con lo que te crees, con lo que hablas de más, con lo que callas por vergüenza… buf, qué pereza. Tampoco me iban a creer, así que ni siquiera les saludé. Preferí dejarme allí, empapado de sueños y proyectos, merendando con verdadera pasión aquel bocadillo de jamón cortado en trocitos pequeños. Estuve a punto de decirles que había llegado del siglo XXI, en un Delorean de segunda mano, como Marty McFly en Regreso al futuro. Pero recordé que la película no se estrenó hasta 1985 y guardé silencio. Ya me estaban mirando bastante raro.

Regresé a mi época un tanto desazonado. ¿Para qué sirve desplazarse en el tiempo si no te atreves a darte un consejo a ti mismo? Por un momento, valoré detenerme en cada antesala de error definitivo y convertir mi presente en un presente plácido, pleno y prometedor, pero me dio mucha pereza. Me visité en varios pasados y en cada uno que aterrizaba encontraba un David más obstinado y menos proclive a escuchar. Déjalo, decidí. Que se equivoque, por eso no será más tonto. Además, esto es un cuento de fútbol y es conveniente respetar el guión.

Regresé por primera vez a Anoeta, o reviví mi primera visita, o volví a conocer Donostia, según se invente. Me recreé en cada retorno a mi Edén, vacilé un poco con los compañeros de grada avisando de cada gol unos segundos antes. No lo pude evitar. El ego de los lunáticos, supongo. Como tengo una memoria endiablada, les chivé incluso el autor de cada gol, y la gente empezó a mirarme con mala cara.

Volví una y otra vez a mi presente sin horizonte, sin azúcar ni aditivos, ni sal, ni pimienta.

Y probé con el futuro. Me daba un poco de miedo por si me enteraba de que me había muerto, así que cada vez que encontraba un indicio de mí mismo echaba a correr con las manos en los oídos, gritando “la la la la la la”.

Por si acaso.

No les voy a contar los resultados de las próximas semanas y meses, odio que me destripen el porvenir, así que voy a respetar el suyo. Pero he de decirles, sin más detalles, que en el tiempo venidero, lo vamos a pasar bien. Llegará un día, entreverado con otros más o menos luminosos, grises e incoloros, en que Imanol Agirretxe volverá a calentar en la banda. Anoeta atronará al cielo, no saben lo bonita que estará, aún en obras. Cuando salte al campo, romperemos el silencio en un aplauso memorable, y pueden imaginar cómo nos sentiremos cuando, allá por el minuto 89, Xabi Prieto haga un regate al aire, de esos que dibuja con sus ademanes, casi sin balón, ni defensa, ni campo. Con la cabeza erguida, enviará al área un centro de terciopelo, que Imanol cabeceará a la red, por toda la escuadra.

Y ganaremos.

Y seremos, de nuevo, campeones.

Y…

Y luego, claro, desperté.

Si esperaban un final original, lamento defraudarles.

Todo había sido un cuento.

Solo un cuento.

Pero un cuento bonito.

De la Real.

#CuentosDeLaReal

 

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