Cuando sea niño

Cuando sea niño.

Érase una vez un futbolista que fantaseaba con saltar al campo despeinado, con el bocadillo de sobrasada envuelto en papel de plata en una mano, y la chaqueta a mitad de abrochar. A veces, sin que nadie lo viera, escapaba del entrenamiento matinal y se dirigía a un descampado próximo, formaba una portería con dos carteras en el suelo, separadas por dos metros. Levantaba el brazo, lo estiraba todo lo que podía y perfilaba un larguero imaginario.

“Hasta aquí es gol”, murmuraba.

En las ruedas de prensa, cuando tenía sentados delante a todos aquellos señores con micrófonos esponjosos y fosforitos, huía mentalmente de la sala y jugaba un partido clandestino en la playa, a media luz, apurando el día y retrasando un ratito más la hora de empezar los deberes. Soñaba que llegaba a casa apurado por el tiempo, empapado en sudor, y para evitar el reproche de sus papás, anunciaba que habían ganado 17 a 15. Otros días, cuando el periodista invadía su espacio personal con el micrófono, a pie de campo, y le preguntaba cómo había visto la jugada del penalti, se abstraía de la pregunta y contestaba erráticamente:

“El trabajo de los árbitros es muy difícil”, o “hay que seguir trabajando, estamos en el buen camino”, o “ahora lo más importante es recuperar el tobillo”.

Pero lo que realmente deseaba era colocarse detrás de sí mismo y empezar a hacer monadas a la cámara, ponerse cuernos, pintarse un bigote con rotulador, esas cosas.

Durante las reuniones con su represen
tante, mientras éste le orientaba sobre un contrato de imagen paralelo al sueldo bruto oficial, él regateaba en sus ensueños a un compañero de Quinto A tras otro. Cruzaba el campo de una portería a la contraria, sin empezar siquiera el bocata, esta vez de mortadela con olivas. Ante la salida de Jorgito, inventaba un amago burlón, mitad rabona, mitad truco de magia. Se arrodillaba en el suelo, ya libre de contrarios, y marcaba el gol con la cabeza, como si fuera una oruga. Marta, la niña de los rizos rebeldes que jugaría siempre en su equipo, corría a felicitarle con una gran sonrisa y le ofrecía la palma de su mano, para chocar los cinco delante de toda la clase.

Justo en ese momento, el representante abordaba algún tema delicado: porcentajes, letras pequeñas y cláusulas de rescisión.

“Te estás jugando tu futuro y el de tu familia”, le reprendía.

Odiaba las cláusulas de rescisión más que a nada en el mundo.

El día que consiguiera hacerse niño, no firmaría ninguna cláusula de rescisión. Jugaría al fútbol por placer y jamás se quitaría la camiseta de sus amores. Solamente, si
acaso, cuando estuviera manchada de barro o tomate frito y su mamá le obligara a cambiársela durante unas horas. El dinero sería importante para ir de vez en cuando de vacaciones y para comprar un quebac los viernes por la noche; pero jamás una excusa para marcharse a otro equipo con un estadio más grande que el suyo y mejores contratos de televisión. Se libraría por fin de los tres coches, las dos casas y el acoso de un montón de empleados de banca uniformados y aduladores. El día que no anduviera fino con la pelota y Quinto B afrontara una segunda parte de
l recreo imposible de remontar, se enfadaría con el mundo, se metería el balón bajo su jersey y suspendería el partido.

Soñaba con unos brazos limpios de tatuajes, y un pelo sin teñir, ni afeitar a parcelas dictadas por Instagram. No sería famoso, ni guapo, ni popular. La gente de la calle, como mucho, le regalaría un gesto cómplice, de esos que los mayores siempre hacen a los niños: guiñar el ojo, sacar la lengua, acariciar el pelo.

Suspiraría por la Play Station 4, el Scalextric y una piscina llena de gominolas.

Nadie le pediría un selfie, ni un autógrafo, ni un hijo suyo.

Volvería a soñar. Aunque la lógica, los presupuestos y los mayores se burlaran de él, viviría convencido de que su equipo puede ganar ligas, copas y champions leagues.
Cuando se hiciera mayor y consiguiera ser, al fin, un niño, jugaría para siempre en la Real.

David Sáez Ruiz

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