La delgada línea de la felicidad

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La delgada línea de la felicidad

El domingo, salía de Anoeta cabizbajo, triste y furioso, pero vi algo que me emocionó. En los aledaños del estadio había un niño de unos 4 ó 5 años. Era rubio. Iba vestido de la Real. Su camiseta indicaba que se llamaba Telmo. Lloraba desconsoladamente. Pensé que sería una casqueta, sin más.

Pero al rato vino su abuelo, que había estado presenciando el partido, y el niño corrió hacia él. Seguía llorando. Y cuando llegó a su altura le dijo: “¡¡Hemos vuelto a perder!!”. El abuelo le abrazó e intentó consolarlo, pero las lágrimas seguían resbalando por su cara.

Luego fue su madre la que le abrazó e intentó calmarlo. Pero el niño no se consolaba. “¡¡Vamos a bajar a 2ª!!”. Sus padres intentaban calmarlo y explicarle que no pasaba nada, que era el primer partido de liga, que la Real no iba a bajar.

Estuve un buen rato mirando a ese niño y su desconsuelo. Me emocionó y me conmovió la escena. Pensé “mucho te queda por sufrir con tu Real, amigo Telmo”. Me hubiera gustado abrazar a ese niño y decirle que sólo es fútbol, que no hay que sufrir por ello, que no merece la pena derramar ni una lágrima en su nombre.

Pero recordé todos los episodios tristes que he sufrido yo con la Real; todos los malos momentos; las noches en la que costaba dormir cuando viajábamos sin freno hacia el infierno de segunda; los duros despertares después de dolorosas e incomprensibles derrotas; las frías tardes en Anoeta sufriendo varapalos impensables ante equipos de dudoso nivel, las continuas decepciones en copa. Y entonces pensé que yo también necesitaba un abrazo, alguien que me consolara.

Foto www.spherasports.com

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Pero aún con todo, la escena me pareció bonita. Tierna. Y me hizo sonreír incluso después de lo que había visto en el campo. Me hizo ver que todavía hay esperanza, que a pesar de todos los pesares siempre nos quedará el sentimiento txuriurdin que se instala en los más pequeños, como se instaló en nosotros hace ya mucho tiempo, y que ningún cúmulo de desdichas es capaz de arrancar de lo más profundo del alma. Ese inocente desconsuelo de un niño, me hizo feliz.

Y es que la línea que separa la felicidad de la tristeza es muy delgada. La vida nos enseña que se puede pasar de un estado de desesperanza a una felicidad plena con un solo gesto, con una simple imagen. De la misma forma que puede darse el camino inverso y una noticia o un acontecimiento puede convertir en tristeza una sonrisa.

Y aunque sería frívolo medir nuestro estado de felicidad por un deporte, los txuriurdin de corazón sabemos que los partidos de la Real suelen marcar nuestro estado de ánimo en los días posteriores a cada partido de nuestro equipo.

Antes del partido todos los realzales nos encontrábamos en estado de euforía, de ilusión máxima. La pretemporada no había sido ni mucho menos satisfactoria. Quien más quien menos veíamos una plantilla con algunas carencias. Los resultados, pero sobretodo el juego no habían sido los esperados. Pero aun así, era el primer partido de liga, en nuestro campo, contra el Real Madrid, y todos esperábamos que el equipo diera una de esas alegrías que nos dan de vez en cuando en Anoeta en las que se convierten en gigantes y aplastan a los grandes equipos como si fueran equipuchos del montón.

Foto realsociedad.com

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Pero lo que vimos el domingo en el campo, nos dejó un mal sabor de boca y anunciaba un comienzo de semana duro. El partido nos hizo traspasar la delgada línea de la felicidad hacia el territorio de la tristeza, de la desesperanza. Ni juego, ni goles, ni garra, ni equipo. Fuimos un sparring ante un equipo que vino con muchas bajas, pero que vino a hacer su partido, y a llevarse los tres puntos. Mientras los nuestros deambulaban por el campo sin sentido, sin brújula y sin ideas.

En este caso la delgada línea fueron 90 minutos. O quizás menos, porque desde el inicio el equipo dio sensación de estar perdido; y el entrenador incapaz de enderezar el rumbo hacia lo ensayado en pretemporada, hacia el estilo de juego que quiere imponer, hacia la excelencia del fútbol que proclama.

Fueron 90 minutos que nos hicieron pasar de la alegría a la desolación. En esa hora y media larga, pasamos de soñar con una temporada llena de victorias y la reedición de éxitos celebrados hace no tanto tiempo, a sufrir sensaciones de un pasado más cercano aún; de las temporadas más recientes en las que no hemos podido reconocer en el campo el equipo que queremos ser.

Mientras salíamos del estadio empezábamos a visualizar lo que puede ser esta temporada. Otra temporada más. Imaginábamos un Anoeta semivacío, gradas en silencio, lunes grises, sinsabores difíciles de digerir, noviembres de renovación, eneros sin objetivos. Media tabla. Afición sin ilusión.

Pero yo tuve suerte. Tuve suerte porque vi a Telmo. Vi a Telmo llorar. Y eso me hizo volver a traspasar la delgada línea hacia la zona de la felicidad. Porque en este niño vi futuro. Pero futuro más allá de esta temporada. Y de la que viene. Más allá de esta directiva. Y de este director deportivo. Incluso más allá de estos jugadores. Quién sabe si algún día Telmo vestirá la camiseta de la Real, pero la que se gana desde pequeño con muchos entrenamientos, mucho sudor y mucho esfuerzo. La que se aprende a querer por encima de muchas cosas. La que una vez te pones no puedes quitarte nunca porque pasa a formar parte de ti.

GORA ERREALA!!!

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